Capítulo borrado de “Buscando tu aprobado”

Cuando escribí la novela tuve que cambiar alguna que otra cosa. Sin embargo, hubo un capítulo muy especial para mí que me dio mucha pena borrar. Pensé que quizás sería bonito poderlo dejar aquí para aquellas personas que quieran leerlo. 

Aprovechando que Susana y Alba hacen hoy un mes y que ayer fue el día del libro, quería que este trocito de la historia no se quedase perdido en un word. Espero que os guste.  Una vez más, muchas gracias a todas por hacer que este mes haya sido tan especial, no me cansaré jamás de agradeceros todo el apoyo. 

Os pongo en situación. Sería justo después del día en que Susana le deja la nota a Alba sobre su sonrisa.

EL color marrón sería Susana y el azul Alba.

 

Aquella mañana tenía otra notita encima de donde siempre solía dejar la carpeta cuando iba al departamento. Susana se estaba acostumbrando al juego adolescente de las notas.

Cuando vi la película de Princesas de Fernando León fui consciente de que me había perdido una parte de mi vida en la que tú tenías que haber sido el acento de mi sílaba tónica. Cuando escuché esta frase me di cuenta de que a mí me sucedía lo mismo contigo:

“Es rara, ¿no? la nostalgia… Porque tener nostalgia en sí no es malo, eso es que te han pasado cosas buenas y las echas de menos. Yo por ejemplo no tengo nostalgia de nada, porque nunca me ha pasado nada tan bueno como para poder echarlo de menos… eso si que es una putada. ¿Se podrá tener nostalgia de algo que aún no te ha pasado? Porque a mi a veces me pasa. Me pasa que me imagino como van a ser las cosas, con los chicos por ejemplo o con la vida en general, y luego me da pena cuando me acuerdo de lo bonitas que iban a ser, porque iban a ser preciosas…y luego cuando lo pienso me da nostalgia cuando me doy cuenta de que aún no han pasado y que a lo mejor no pasan nunca..”

No quiero que seas la nostalgia de algo que no ocurrió nunca, Alba.

Susana.

Me apresuré a contestar con una cita de otra película que me había hecho pensar mucho los años que había estado lejos de ella.

“Cuando miras a una persona, cuando la miras de verdad puedes ver el 50% de lo que es. Querer descubrir el resto es lo que estropea las cosas.”

Me gustó más Mi vida sin mi de Isabel Coixet.

Alba

Quería volver a pasar por el departamento para descubrir si tendría nota y no pude evitar sonreír cuando apoyada sobre mi carpeta había una nueva.

“No hay nada peor que separarte de alguien a quien quieres todavía”.

Hable con ellas de Almodóvar.

Susana.

Me di prisa para dejarle la mía sobre la misma película antes de irme a clase. Adoraba a Almodóvar.

Sí, también recuerdo de esa misma película:

“El amor es la cosa más triste del mundo cuando se acaba”

Alba

¿Se ha acabado? Si seguimos con AlmodóvarVolver:

“Siempre hay cosas que se dejan sin hacer, o que se hacen mal. Y mi vida no ha sido una excepción, pero no sé si tienen arreglo. Y si lo tienen, me corresponde a mí arreglarlas.”

Susana

De volver me gusta más esta parte, que aunque sea cantada, te la escribo. Tengo miedo al pasado que vuelva a ser presente.

“Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno… Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida. Tengo miedo de la noche que, poblada de recuerdos, encadena mi soñar, pero el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar. Y aunque el olvido, que todo lo destruye, haya matado mi vieja ilusión, guardo escondida una esperanza humilde que es toda la fortuna de mi corazón. Volver con la frente marchita. Las nieves del tiempo platearon mi sien. Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras te busca y te nombra. Vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez.”

Alba

 

Creo que deberíamos hacer como dicen en Los abrazos Rotos:

“Las películas hay que terminarlas aunque sea a ciegas.”

Susana

 

La ley del deseo:

“Estoy tratando de olvidarte y cuando uno trata de olvidar no escribe.”

Hasta mañana, Susana.

Alba

Me guardé todas las notas en el bolso y me fui a casa con una sonrisa al ver que compartíamos el mismo gusto por el cine. Aquel cruce de mensaje con citas de películas podía haber sido el perfecto entremés que daría paso a la nuestra.

 

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Feliz día del beso

Ella era la típica niña mona con la que cruzas la mirada en la entrada del ascensor sin saber si dejarla pasar o hacerlo tú primero. Dudas, pero decides ser educada y esperar a que entre ella. Después, la miras de refilón mientras hueles el perfume que siempre has querido llevar pero que nunca te has comprado porque a ti no te queda bien. «Lo que daría por tener ese olor siempre en mi casa», pensé en aquel instante.

—Al tercero, ¿tú? — «¿yo? Quiero subirme entre las hondas de tu pelo y perderme en ellas para no volver nunca más al mundo en el que vivimos. Seguro que ahí tendré la paz que no encuentro» pensé sin ser muy acertada con las palabras mientras buscaba el número tres para rozar su mano con delicadeza—. Hasta luego.

—Hasta luego —conseguí decir sin tener mucho tino para encontrar mis llaves y perder de vista lo que durante veinte segundos había sido una de las grandes maravillas del mundo.

Así la conocí y así supe que no podía dejar de hacerlo más a fondo. Rápidamente supe que era la prima de mi vecina, a la cual ayudaba muchas semanas con sus clases de piano.

—Necesito que me presentes a tu prima.

—¿Mi prima? No creo que tenga ganas de verse con nadie. Acaba de dejarlo con su novio—. «Su novio» pensé. No me importaba su exnovio si le podía demostrar lo feliz que iba a ser conmigo.…

Y de tanto insistir e insistir, me permitió tomar un café con ella. No podía sentirme más afortunada. Daba igual que fuese una lluviosa tarde de abril, donde las gotas caían con tanta prisa que a mí no me daba tiempo a agarrar las manecillas del reloj para pedirlas que fuesen más despacio mientras tenía aquella compañía.

—Te invito a saltar ese charco —la invité—. Seguro que nunca jamás nadie te ha invitado a hacer algo así. —Me miró con cara de sorpresa, en la que ligeramente dibujó una preciosa sonrisa.

—La que se moje más gana —gritó mientras corría en busca del charco más grande.

Saltamos y saltamos, calando nuestro huesos con aquella agua fría que nos purificaba de deseo y ganas de vivir. Era ella la elegida para hacer que mi vida contase de forma distinta hasta como lo había hecho en ese momento.

De camino a casa nos paramos en una tienda de cuadros donde ella divisó una réplica del famoso beso de Rodin.

—No me importaría errar en los infiernos —dije.

—¿Cómo dices? —me preguntó sin entender.

—Sí, como Paolo y Francesca de La Divina Comedia de Dante.

—¿Qué les pasó?

— Que por culpa de un beso les tocó tal penitencia.

—Pues sí que les salió caro el beso…

—A veces vale más darlo y sufrir las consecuencias un segundo que quedarse con las ganas y lamentarlo toda una vida.

Y antes de que ella pudiese decir nada, me atreví a acercarme a sus labios, tratando de imitar a Paolo o quizás a Francesca. No importa quien empezase, lo importante es que un día uno de ellos se atrevió a dar ese paso.

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¡Feliz días del beso! Besad mucho, que quemad calorías que estamos en plena campaña de la operación bikini.

(2)

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Instrucciones de uso.

1) Abre YouTube y pon esta canción para escucharla justo después de haber acabado de leer el trocito de hoy.  Si es con lo ojos cerrados, mejor.

https://www.youtube.com/watch?v=GO6UXeqqUIY

2)

Arrastró su maleta sin fuerza. ¡Qué poco importaban cuatro trozos de tela si lo más importante que necesitaba vestir era imposible de cubrir con ellos!

Caminó lentamente, buscando abrigo bajo alguna bonita mirada que la vistiese de paciencia para soportar tal letargo.

Consiguió llegar al centro de la ciudad pero esta se mezcló con su tristeza empañando sus gafas de sol. Tan innecesarias en aquel momento como sus deseos de dar la vuelta y regresar al punto de partida, de no abandonar, no tirar la toalla y no dejarla escapar. Ya era demasiado tarde.

Una molesta lluvia comenzó a teñirlo todo, mojando sus recuerdos. Pesarosa arrastró sus pies fingiendo un baile ensayado, creyó que alguien la sujetaba por la cintura y bailó con ella al son de la canción que en el último San Valentín le había regalado su ya no chica. Cada nota y cada acorde se clavó en sus oídos como el ruido de las gotas cayendo sobre su rostro. «Volverás a reirte de veras, si te quedas conmigo.» No reía en absoluto. No se había quedado con ella. La sombra soltó su cintura y la dejó marchar en busca de un hotel que le pudiese dar cobijo a ella y a sus memorias.

Se refugió mirando por una de las ventanas, las gotas de deslizaban con lentitud por el cristal. Acercó su mano para quitarlas y poder ver con precisión cuando se percató de que aquellos pedazos de mar eran lágrimas saladas que salían de sus ojos.

Quizás Londres no había sido la mejor opción.

Por ti, un mundo entero

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He pensado en crear una historia muy cortita a través de fotos de los viajes que he ido realizando durante los últimos años. Espero que os guste la idea. Comenzamos:

(1)Cuando cruzó la puerta supo que nunca más la volvería a traspasar para reencontrarse con ella. Tras cientos de miles de horas, pensó que lo mejor era dejarla marchar del mismo modo que, durante los últimos meses,  lo había hecho el amor que le procesaba.

Siempre hacía lo mismo. En lugar de apoyarse en las personas que más quería, preparaba su maleta y volaba tan lejos como podía. Al principio pensaba que solo así podría huir de sus miedos. Solo si apartaba a las personas y dejaba de dar explicaciones sería capaz de olvidarse de sus problemas. El no tener que paladearlos cada día en sus labios para ella era una liberación aunque ellos, lentamente, iban trazando una perfecta cadena que se ataba fuertemente formando reincidentes pensamientos.

Allí arriba se sentía segura. Flotando entre las miles de nubes que atravesaba a la velocidad que más rápido podría ir su cuerpo, mientras su corazón palpitaba con fuerza.

A veces confundía esa velocidad estrepitosa con la que le provocaba en su sistema nerviosa el dulce roce de las yemas de sus dedos por la piel. Arrastrando con cuidado su aroma, provocando que todo el bello que dejaba atrás se erizase. Meneó la cabeza un par de veces,  tratando de sacar aquella imagen de ella. Se prometió que aquellos meses de huida solo estarían ella y su soledad. No hacía tanto que la había acompañado, pero seguía sin acostumbrase al reencuentro agridulce que le enardecía el alma.

Abrochó su cinturón, el piloto anunciaba turbulencias.

Un sueño tangible

Hace más o menos un año volví a retomar la escritura. Como ya había escrito en otra entrada, siempre me había gustado hacerlo pero por diversos motivos lo había dejado de lado. La necesidad de sacarlo todo me empujó a volverme a enfrentar al folio en blanco. En agosto terminé de escribir una novela que está guardada en el pc e inmediatamente me puse con “Buscando tu aprobado”. Comencé a darle forma en el blog y rápidamente un grupo de 5 personas (maravillosas todas ellas) comenzaron a animarme, escribirme bonitos mensajes y apoyarme a lanzarlo como novela. La verdad es que la forma de publicación del blog era súper incómodo, sobre todo para aquellas personas que se incorporaban. Estuve a punto de tirar la toalla pero gracias a aquellos mensajes que perduraron y a que nuevas personas se unieron a ellas, hicieron que finalmente me decidiese a sacar la novela.

Horas y horas de corrección (y las que quedan, ¡malditas comas y tildes que se escaparon!!!),  mandando cosas para que leyesen, revisasen…parecía interminable. Y todavía sigo cambiando cosas. Espero que llegue el día en el que esté perfecta…

Y cuando ya estaba todo listo tocaba enfrentarse a subir la novela. Os prometo que el primer día que me puse con ello dije “esto no es para mí” pero ahí estaba una maravillosa persona para contestar mis emails kilométricos y mis chicas para animarme en que yo podía: “venga rubia, tú puedes”. No me he vuelto morena de milagro… pero un poco negra si que me he puesto. Gracias a ellas Susana y Alba se están colando en la vida de otras mujeres maravillosas.

Tantos y tantos meses de locura para que por fin pueda estar ahí. Me fue imposible no emocionarme cuando lo vi en Amazon. Mi novela…disponible para todos… puffff, la piel de gallina.

Como veis es imposible que esta novela hubiese visto la luz sin esas personas que a empujones me ayudaron a sacarla. Podría decir muchas cosas pero la única palabra que repito una vez tras otra es GRACIAS. 

Gracias a quienes confiastéis en mí.

Gracias a quienes habéis comprado la novela y me habéis mandado vuestras impresiones.

Gracias a quienes me mandáis fotos leyéndola.

Gracias a quienes dejáis mensajes en Amazon con vuestra opinión.

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Aquí dejo una recopilación del link de Amazon,  del booktrailer que hice y de la lista de reproducción de Spotify.

Link de compra en Amazon:    https://www.amazon.es/dp/B07BPD5JDW

Booktrailer:  https://www.youtube.com/watch?v=AlsWADUR-a8

Playlist Spotify:  https://open.spotify.com/user/hydrarosis/playlist/3Jx59lfkFk6Oc3ubNoaLxR?si=NgjRyjJOQY2XvrJFcJkv0w

8 de marzo de 2018

Antes de irme a dormir con una gran sonrisa os dejo un cuento.

—Hoy te voy a contar un cuento.

—¿Es bonito?

—Bueno, tu escucha y después me lo dices.

—Vale.

—Hace mucho tiempo, vivía una niña en un pequeño pueblo. Era una niña despierta, con grandes inquietudes y cuya pasión era leer todo lo que caía en sus manos. Sin embargo, su madre le tenía prohibido hacerlo. Siempre le decía que los libros no traía nada más que cosas malas. Que si quería dejarse la vista en algo, lo hiciese en sus labores para que el día que tuviese su marido pudiese atenderle como se merecía. Le decía una vez tras otra que si no servía para cuidar a un hombre, acabaría sola y abandonada.

—¡Qué triste!¿Y qué pasó?

—La niña creció y quiso estudiar una carrera. Pocas mujeres lo hacían pero ella tenía capacidad de sobra. Llegó a casa y le dijo a sus padres que había sido elegida para poder seguir estudiando y que podría ir a la universidad por sus notas. Sus padres se negaron rotundamente y le dijeron que se dejase de tonterías. Para ellos la universidad era un lugar de perversión donde hacía mujeres desviadas que se creían todo lo que venía en los libros. Por eso, nuestra protagonista de este cuento, desistió y comenzó a coser en la tienda de su madre. Se hizo un carnet de biblioteca sin que su madre lo supiese y cada noche leía debajo de las sábanas con una linterna que había podido encontrar por casa. Soñaba con los mundos de los que hablaban los libros y le costaba diferenciar lo que era verdad de lo que no. Aprendía fechas, conocía la vida de personajes importantes de la historia y cada día era una mujer más sabía.

—Sigue, ¿le paso algo bueno?

—Llegó una época donde muchas mujeres comenzaron a trabajar. A ella la llamaron de una empresa para trabajar junto con su hermano. Era un buen trabajo donde se sentiría realizada, con unas amigas y con una independencia económica que quizás le permitiese estudiar en futuros años. Su sueño era ir a la universidad.

—¿Y fue? —La niña preguntó con una gran sonrisa al ver que aquella triste historia podía cambiar.

—No. Sus padres no se lo permitieron. Ella se negó a plantarles cara y siempre se arrepintió de ello.

—Pero, ¿de qué año hablamos? ¿Siglo XVIII?

—No, tan solo hace 50 años de esto.

—No me gusta esta historia. No tiene final feliz.

—No para ella, pero sí para su hija.

—¿Para su hija?

—Sí. Esta mujer tuvo una niña. Esta hija pudo leer todo lo que le dio la gana, aprendió idiomas, viajó, estudió en la universidad, trabaja y es independiente. Su hija fue el reflejo en el río que ella siempre quería haber visto y nunca pudo.

Esta historia es la vida de mi madre. Una persona luchadora que siempre quiso ser la mujer que no le dejaron. Creo que hoy es un día de fiesta, de celebración, así como de lucha y de esperanza. Ojalá este texto que he escrito hubiese sido un cuento inventado, pero no. Existió y no debemos permitir que siga ocurriendo. Por eso son necesarios los días como hoy.

Desde que tengo uso de razón mi madre siempre me repetía una vez tras otra que no podía depender de un hombre, que debía formarme y que tenía que ser una mujer con las cosas claras. Yo soñaba con las escritoras que habían cambiado el mundo, con las que consiguieron que votásemos, que llevásemos pantalones y que luchásemos por ser nosotras sin tener que vivir a la sombra de un hombre.

Hoy me he emocionado con lo que he vivido en las calles, esas manifestaciones multitudinarias que siempre había leído que habían ocurrido en grandes ciudades de mujeres que llevaron golpes, insultos y malas caras por querer cambiar el mundo en el que vivían. Hoy más que nunca me siento orgullosa de mi madre, que siempre trabajó duramente para darme la mejor educación y me siento orgullosa de ser mujer.

¿Sabéis como lo he celebrado además de tomando la calle? Tomándome una cerveza. Mi madre nunca se pudo tomar una con su padre, ni con sus amigas, porque no era propio de una mujer beber y mucho menos un día entre semana. Yo hoy he alzado una cerveza bien alto, he dado un trago y me ha sabido a cambio, a futuro, a esperanza… Me ha sabido a algo que nunca antes había probado pero había visto y admirado durante años y años.

Gracias mujeres, por no rendiros, por seguir gritando, por seguir luchando. Por todas nosotras.

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Buscando tu aprobado

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¿Puedes enamorarte de tu profesora de lengua solo por como transmite su asignatura? Alba, la protagonista de esta historia, se hace esa pregunta cuando conoce a Susana.
Todos sus planes de encontrar al chico perfecto con el que casarse, formar una familia y ser tremendamente feliz quedan olvidados cuando una joven profesora de lengua se va colando en su vida, haciendo que su mundo gire como nunca lo había hecho.
Aunque en un principio Alba trate de autoconvencerse de que siente una profunda idealización, poco a poco descubrirá que hay algo más. Lejos de amilanarse y olvidarse de ella, decide jugar todas sus cartas para acercarse a su profesora, tratando de derribar los muros internos que ha creado para ella misma y acabar con todos los que surgen a su alrededor.

«Si Susana era un error en mi vida, necesitaba estar equivocada siempre.»
Alba

Proximamente en Amazon. 

Un camino de hojas

Con los ojos tapados la llevó hasta un parque donde se agolpaban los ancianos, los niños y los jóvenes. Tantas generaciones diferentes sobre el mismo suelo, repleto de hojas recién caídas por el otoño. Las estación era igual para todos aunque sus sentimientos fuesen diferentes ante ella.

Su chica la cogió de la mano, le quitó la venda y la invitó a buscar, entre todas las hojas del suelo, a recoger solo aquellas que tuviesen algo escrito. Pensó que esa tarea sería imposible, que entre un millón de hojas no encontraría lo que quería, pero el amor es así de caprichoso, que cuanto más cuesta encontrarlo mejor sabor deja en los labios.

Buscó desesperadamente. Aún había alguna hoja rezagada que no había tomado el color marrón propio del momento. Algunas se rompían entre sus dedos, falsas ilusiones de lo que podría ser en un futuro pero que finalmente no sería. Los comienzos de relación han de ser firmes y serios porque, por muy bonita que sea la hoja, si no se hace con cuidado, su materia se desvanece entre los dedos haciendo que el viento se lo lleve todo en segundos. Otras, sin embargo, se mantenían estoicas ante el momento de euforia. Sin embargo, no es suficiente con ella para que todo salga bien.

Había pasado media hora cuando ella seguía buscando. Se negaba a dejarlo, insistía y volvía a insistir, no le faltaba tesón, ni ganas, ni tampoco ilusión. De vez en cuando miraba su sonrisa que se convertía en el perfecto revulsivo a su ansiada misión de domingo por la tarde. Justo cuando estaba a punto de abandonar, de dejarlo todo y de pedirle clemencia, encontró la última hoja, en lo alto de un montón, esperándola casi con una sonrisa.

Miró de nuevo hacía ella y vio que casi la había perdido de vista, cuando para su percepción del tiempo, pensaba que tan solo un segundo atrás estaba a su lado. Cuando se está en una relación muchas veces nos olvidamos de todo lo que tenemos a nuestro alrededor, nos obcecamos fuertemente a buscar algo que quizás ni siguiera exista pero que necesitamos con tanta ansia en nuestra vida que nos lleva a recorrer un camino sin apenas darnos cuenta. Fue lo que le ocurrió a ella. Estaba casi al final del camino del parque. Había pasado por encima de cientos  de miles de hojas maduras pero solo quería una para formar algo que ni siquiera ella sabía si le podría llegar a hacer feliz aunque luchaba con todas sus fuerzas por que así fuese, al menos en ese momento lo hacía, y que ella supiese, solamente sabía vivir en el presente.

Recontó sus hojas, formando algo nuevo en su vida. Una historia de amor donde la primera frase se había escrito antes de nada y después de todo. Corrió hacía aquella chica que la había vendado los ojos horas antes, el paso del tiempo se había vuelto efímero a su lado. Le sujetó la mano, la sentó en el suelo apartando gran cantidad de hojas y poniendo las suyas, esas eran las importantes ahora mismo en su vida conjunta. Su chica sonreía, tenía ideas muy raras para que la nostalgia de los domingos no se convirtiese en una tristeza sin sentido. Fue lentamente posando aquellas hojas hasta que finalmente pudo leer las dos palabras mágicas que tan feliz hace sentir a las parejas que sienten por igual: “te quiero”. La acercó a su cara y la beso lentamente, tan lentamente lo hizo que cuando las dos abrieron sus ojos las plantas tenían flor y los árboles habían cambiado sus colores para dar la bienvenida a la primavera.

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A ti, por todas esas horas que paso a tu lado. Segundos en mis retinas pero eternidades en mi memoria cuando no te tengo. Por ser la compañera perfecta en este difícil camino que es amar con los ojos muy abierto para no perderse nada de lo que tengo delante. Gracias por estar junto a mi y permitir que un otoño más las hojas de los árboles hayan caído estando a tu lado.  Porque el amor no es un camino de rosas, ni de hojas, pero si tú estás conmigo, se hace más llevadero.

El señor de la perrita

Llevo unos días un poco preocupada. No es algo excesivamente grave porque soy bastante positiva y pienso que las cosas salen bien porque tienen que salir bien o mal porque estaban de salir torcidas.

Hace unos años cambié mi domicilio, pasando de un pequeño pueblo que no llegaba a un millar de habitantes por una gran ciudad. No es que sea una de las más grandes de nuestro país pero para mi era y sigue siendo una gigante.

Rápidamente descubrí las maravillas de vivir en una ciudad: las tiendas, la oferta cultural, los paseos por sus calles repletas de gente y luces. Sin embargo, no todo era bonito. El aire estaba más cargado, los coches pitaban con demasiada urgencia y las personas ni se miran a la cara cuando pasaban por tu lado.

Prueba de esto último, me di cuenta de que a mis vecinos les incomodaba compartir un espacio tan pequeño como el ascensor o intentaban no tropezar conmigo para evitar el contacto visual. Poco a poco me fui colando en la comunidad, una sonrisa, un saludo alegre y pequeñas preguntas que fueron rompiendo el hielo. Ahora, tras varios años en el bloque, conozco a todos los vecinos y ellos a mi. Gracias a estos pequeños gestos conseguí que uno me colgase una lámpara, otro me arreglase unas llaves e incluso se preocupen por mi coche si hay problemas en el garaje. No soporto el trato deshumanizado cuando se comparte un espacio, por pequeño que sea.

Aunque lo anterior no es realmente muy relativo para lo que quiero contar, pone en contexto a mi preocupación. Cada día, cuando voy a trabajar saludo a todo el que me encuentro en la acera, al final somos cuatro que siempre tenemos la misma rutina. Me parece realmente incómodo cruzarme con alguien y bajar la cara, quizás sea un efecto secundario de ser de un pequeño pueblo donde no saludar a un vecino suponía una bronca de mi madre. Comencé a saludar al cartero y al barrendero. Escuchar de sus labios una frase tan bonita como “esperaba tus buenos días” me parecía una razón de peso para ser amable con todos. Al final, es más fácil hacer las cosas bien que mal porque que no sea lo establecido socialmente, no significa que no sea normal.  A mis alumnos siempre les digo que una playa no se hace con dos granos de arena pero que quizás si quitamos dos granos y dos y dos más, al final deja de ser una playa. No podemos cambiar el mundo con deseos inútiles, pero si nuestro entorno con pequeñas acciones.

Un día me encontré a un señor, tendría unos setenta años. Vestía muy elegante, sin llevar traje, perfectamente peinado y con un gesto huraño. En su mano, con mucho cuidado, llevaba la correa de su perrita que husmeaba mientras él miraba a su alrededor con desdén. El primer día que le di los buenos días me miró con extrañeza, bajó la cara y no me contestó. No me importó, tendría muchas más oportunidades de conseguir que me saludase. Al día siguiente, volví a saludarlo con una sonrisa. Me miró de nuevo con cara rara y me hizo un gesto. Algo había avanzado, al menos sabía que me entendía y escuchaba perfectamente. Día tras día fui dándole los buenos días, a lo que él me contestaba con un gesto. Pasadas dos semanas, conseguí que me contestase.

—Perdona, ¿te conozco? Trabajé muchos años en el hospital y quizás te conozca pero no reconozco tu cara.

—No, no me conoce. Vivo aquí al lado y voy al trabajo. Me parece incómodo pasar sin saludar—sonrió con mi respuesta y me devolvió el buenos días.

Con el paso de las semanas, noté como cada vez que me veía sonreía y me saludaba. Incluso, cuando yo iba un poco más tarde, lo veía dar la vuelta para cruzarse conmigo y darme los buenos días. Poco a poco se fue atreviendo con alguna frase típica sobre el tiempo, sobre si iba a trabajar ya o sobre si quedaba poco para el fin de semana. Me acostumbré a él y él, se acostumbro a mi.

Sin embargo, estoy preocupada. Estamos a miércoles y aún no lo he visto. Supongo que esté bien, que quizás está de vacaciones en alguna isla o tenga gripe. No sé dónde vive, ni cómo se llama. Solo espero que todo vaya bien. A veces las cosas más simples de nuestro día a día hacen que todo sea algo más bonito. Quizás muchas veces buscamos una belleza a lo grande cuando lo más hermoso nos roza con cuidado las yemas de los dedos. Espero volver a encontrarme con sus sonrisa de nuevo mañana.

Miedo a escribir

Hace muchos años empecé a escribir. Siempre recuerdo que tenía un lápiz y un cuaderno incluso cuando no sabía hacerlo. Hace unos años, haciendo limpieza, aparecieron libretas mías de pequeña, estaban escritas con garabatos, una especie de ondas como si fuesen olitas del mar. Le pregunté a mi madre qué era eso y me contestó que cuando aún no sabía escribir, tendría cuatro o cinco años, ya le pedía papel y lápiz para hacerlo. Cansada de que le pintase papeles, incluso del trabajo, me compraba estas libretas. Dice que me sentaba en el sofá apoyando el lápiz en el mentón y me ponía a hacer aquellas  graciosas ondas diciendo que escribía un libro. Supongo que siempre he tenido mucha necesidad de hacerlo, incluso cuando no encontraba el medio para transmitirlo.

Cuando fui creciendo hice mis primeras historias. Una de ellas era un poco revolucionaria por lo que mi maestra, entrada en años, me mandó romper y volver a escribir. Decía que no se adaptaba a lo normal. Ahí, con nueve años, fui consciente que escribir se había convertido en el arma más poderosa que tenía entre mis manos.

Según cumplía años avancé en la escritura de poemas, cuentos e historias. Fui consciente de que era una pasión cuando me producía más placer plasmar mis sentimientos que pasar un rato con amigos o haciendo un deporte.

Sin embargo, llegó un momento de mi vida que dejé de escribir de golpe. Me encontré conmigo misma entre las líneas de mis historias, entre los diálogos de mis personajes y entre los pensamientos de esas personas que creaba para no ser yo quien las dijese en voz alta. Me aterrorizó tanto que decidí dejar de escribir. No tenía fuerzas para luchar contra esa persona que trataba de negar y que no quería ver.

Hace un par de meses volví a tropezar con las ganas de expresar todo lo que sentía. Quizás ya haya hecho un poco más las paces, aunque no lo suficiente,  con ese yo que llevo años ocultando por miedo. Empecé a dejar que mis dedos se arrastrasen por las teclas y me di cuenta de que no hay nada peor que enjaular a un pájaro que quiere volar. Las palabras salían solas y los sentimientos nacían con un potente chorro ya que deseaban vivir en un trozo de papel para hacer opinar a los demás.

Cuando empecé a escribir la historia, hubo personas que comenzaron a escribirme y a compartir sus sentimientos conmigo. No me podía creer que a una persona le sirviese algo que a mi valía de terapia. Palabras tan bonitas como: me saca de la rutina, me da fuerzas para afrontar mis problemas, me identifico… Me sentí muy afortunada con esas palabras que me ayudaban a mi día a día a luchar con parte de mis temores.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Llega un punto en el que vuelves a encontrarte con una parte de ti que no te gusta. Una parte que te duele y que te rasga ligeramente las heridas que un día creíste haber cerrado; el anonimato. Ese cuchillo de doble filo que te hace sentir a salvo para no dar la cara ante una sociedad egoísta que aún tiene muchos prejuicios pero que a la vez te impide ser tu misma. ¿Por qué tengo que seguir escondiéndome? Cada día pesa más el silencio, el tener que ocultarte bajo una piel que muestra algo diferente a lo que soy. Estos días atrás, quizás fruto del balance del año o de los sentimientos que me ha removido volver a escribir, me he sentido la persona más cobarde del mundo. Cobarde por no ser capaz de escribir con un nombre propio, el mío, cobarde por no atreverme a dar ningún dato de mi como ser humano, que tiene una vida normal y corriente. Es un miedo que se te mete por las venas y te envenena. ¿Y si me descubren? He vuelto a sentir un miedo tan fuerte que incluso he pensado en no publicar la novela, cerrar el portátil y dejar de escribir como hace años. Desaparecer, si ya lo hice otra vez, ¿por qué no ahora? Si no soy lo suficientemente valiente como para dar la cara, quizás deba dejar de plasmar sentimientos sobre el papel.

Por suerte, hay personas maravillosas que te quitan la ansiedad de golpe y te ayudan a ver que la cobardía es solo si tú dejas que camine a tu lado, puedes correr más deprisa que ella. Quizás debería de darme cuenta de la valentía que he tenido en mi vida por luchar para ser una mujer independiente, a pesar de tropezar con la mayor de las soledades al alejar a las personas que más quería por miedo a no mostrarles quien era, por vivir una relación sana con una persona maravillosa y por intentar que lo que escribo ayude a personas que lo están pasando mal. Quizás esta última es la que más me impulse a pelear contra ese miedo irracional.

Sé que me seguirá tocando luchar contra el peor de mis enemigos,  que muchas veces me impide hacer cosas maravillosas, un miedo que me silencia y me paraliza. Creo que en el 2018 tengo mucha tarea por hacer. Supongo que si alguien que lee esto, alguna vez me preguntó algo de índole personal, se dé cuenta de que la respuesta fue y será el silencio que produce mi miedo por querer volar sin unas alas que aún no he terminado de coser.