Yo sin ti, tú conmigo

Te colaste en mi vida para complicármela o quizás solo conseguiste que levantarse cada día de la cama fuese una nueva aventura hacía la conquista de tu infranqueable corazón. Te colaste en mis pensamientos, en mis fantasías y en mis sueños. Te imaginé conmigo, besándome, tocándome o simplemente dando un aburrido paseo por la ribera de cualquier río español mientras nos seguimos conociendo muy despacio, quizás hasta enamorando. Te pensé, te pensé y te volví a pensar. Dejé que fueses la culpable de mis estados de ánimo, subiéndomelos y bajándomelos de manera proporcional a las palabras que me dedicabas. Dejé de comer para comerte con la mirada, te devoraba, me saciaba con el color de tus ojos y me empachaba con la perfección de tu sonrisa. No me llevó mucho tiempo hacer todo esto y sin embargo, me va a costar una vida entera olvidarme de ti. ¿Y cómo borro todo lo no vivido contigo?¿Cómo “desgrabo” cada película creada en mi cabeza que a cámara lenta me atormenta cuando me descuido?

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Al volante

Sentía gran alivio cada vez que se subía a su coche. Se sentaba, se abrochaba y arrancaba, produciéndole una especie de éxtasis el sentir de aquel motor. Recorrer con sigilo las curvas que le llevaban a ningún lugar era similar al placer que le producía recorrer con sus manos las curvas de su cuerpo. Mientras trazaba parajes incompletos, pensaba en todos los segundos que había pasado a su lado. Habían sido tantas noches juntas que no podía imaginar cómo sería estar sin ella, pero a la vez le producía un alivio que no comprendía. El ruido del intermitente al coger las salidas en las rotondas era tan intenso como el latido de su corazón cuando esas primeras mañanas la sentía a su lado.
Y que caprichoso era el sentir, que hace que el camino que adoraba recorrer se convierta en algo tedioso, monótono y sin sentido. A veces ni la mejor canción consigue que sus hitos concuerden con sus letras, o realmente, hace que todas sus letras sean de desamor.
Y a ritmo de dolor iba dejándose perder en un nuevo camino. Sin dudas, el coche había empezado a ser un gran placebo a un dolor incipiente que iba aumentando y que no le iba a dar tregua hasta que no parase de recorrer sus curvas.

 

Una copa de vino

No hubo despedidas, ni maletas en la puerta, ni tan siquiera una torpe discusión donde las palabras más dolorosas cruzasen el pasillo, hiriéndonos de muerte.
No te molestaste en decirme por qué, aunque yo tampoco lo hubiese escuchado.
Los besos se fueron apagando, las caricias se perdieron en cajones desordenados y los “te quieros” formaron parte de un diccionario inexistente en nuestra rutina.
No supe echarte de menos, como hacia al principio, cuando sentarnos en diferentes esquinas del sofá se parecía a tener que cruzar cuatro mares y seis cordilleras.
Sin embargo, aquella tarde, cuando llegué y vi aquella copa, casi vacía, sin sentimientos, casi casi como yo en los últimos meses, supe que aquel barco se había quedado sin faro que lo alumbrase. Me senté y leí la nota, las diez primeras veces no entendí nada, pensé que era otro idioma, que no era para mi, pero no había error.
Apoyé mis labios donde los habías tenido tú horas antes y me despedí de ti para siempre. Ni te busqué, ni logre encontrarte.

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Heridas

La vida es una herida continua que solo el tiempo sabe curar.
– Día 1: por fin me he atrevido a hacerlo. Llevaba mucho tiempo con ganas pero por cobardía no lo hacía. Iba muy decidida pero me he traído conmigo una gran herida que ha marcado mi piel. ¡Duele mucho!
– Día 5: la herida está un poco fea. Me he tropezado con unos cuantos recuerdos y se ha puesto peor. ¿Recuerdas el día que nos fuimos a dar un paseo por la playa y me robaste un beso? Sigue doliendo mucho…
– Día 8: quiere empezar a curarse, lo noto, tiene un color diferente. Sin embargo, hoy me ha llamado y me ha dicho que me echa de menos. Me falta agua oxigenada para curarme. Se me ha acabado ya, tengo que ir a la farmacia.
– Día 30: he vuelto a tropezar con lo que me hice la herida. Se ha abierto un poco. No voy a comprar tiritas, ni gasas. Dejaré que se cure al aire fresco, con el mismo que ha cambiado mi forma de verlo todo.
– Día 45: ¡está rosita! He conseguido que cambie de color. Me he cuidado mucho, había olvidado ya lo que era ser la prioridad, de hacer lo que más me gustaba o de incluso quedarme dormida aburrida por el ensordecedor ruido de mis pensamientos. Siento una ligera molestia, que va disminuyendo.
– Día 60: estaba haciendo limpieza y me he encontrado unas fotografías. He sentido como unos fuertes latidos se movían por la herida, ya empieza a ser cicatriz. Por un momento he creído que los tejidos se romperían y se volvería a abrir, pero no, he conseguido ser fuerte.
– Día 90: ¡Lo he conseguido! Está completamente curada. Incluso creo que me sonríe. Hemos pasado todo el proceso juntas, la herida y yo. Creo que ya estoy preparada para una nueva…

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