Un camino de hojas

Con los ojos tapados la llevó hasta un parque donde se agolpaban los ancianos, los niños y los jóvenes. Tantas generaciones diferentes sobre el mismo suelo, repleto de hojas recién caídas por el otoño. Las estación era igual para todos aunque sus sentimientos fuesen diferentes ante ella.

Su chica la cogió de la mano, le quitó la venda y la invitó a buscar, entre todas las hojas del suelo, a recoger solo aquellas que tuviesen algo escrito. Pensó que esa tarea sería imposible, que entre un millón de hojas no encontraría lo que quería, pero el amor es así de caprichoso, que cuanto más cuesta encontrarlo mejor sabor deja en los labios.

Buscó desesperadamente. Aún había alguna hoja rezagada que no había tomado el color marrón propio del momento. Algunas se rompían entre sus dedos, falsas ilusiones de lo que podría ser en un futuro pero que finalmente no sería. Los comienzos de relación han de ser firmes y serios porque, por muy bonita que sea la hoja, si no se hace con cuidado, su materia se desvanece entre los dedos haciendo que el viento se lo lleve todo en segundos. Otras, sin embargo, se mantenían estoicas ante el momento de euforia. Sin embargo, no es suficiente con ella para que todo salga bien.

Había pasado media hora cuando ella seguía buscando. Se negaba a dejarlo, insistía y volvía a insistir, no le faltaba tesón, ni ganas, ni tampoco ilusión. De vez en cuando miraba su sonrisa que se convertía en el perfecto revulsivo a su ansiada misión de domingo por la tarde. Justo cuando estaba a punto de abandonar, de dejarlo todo y de pedirle clemencia, encontró la última hoja, en lo alto de un montón, esperándola casi con una sonrisa.

Miró de nuevo hacía ella y vio que casi la había perdido de vista, cuando para su percepción del tiempo, pensaba que tan solo un segundo atrás estaba a su lado. Cuando se está en una relación muchas veces nos olvidamos de todo lo que tenemos a nuestro alrededor, nos obcecamos fuertemente a buscar algo que quizás ni siguiera exista pero que necesitamos con tanta ansia en nuestra vida que nos lleva a recorrer un camino sin apenas darnos cuenta. Fue lo que le ocurrió a ella. Estaba casi al final del camino del parque. Había pasado por encima de cientos  de miles de hojas maduras pero solo quería una para formar algo que ni siquiera ella sabía si le podría llegar a hacer feliz aunque luchaba con todas sus fuerzas por que así fuese, al menos en ese momento lo hacía, y que ella supiese, solamente sabía vivir en el presente.

Recontó sus hojas, formando algo nuevo en su vida. Una historia de amor donde la primera frase se había escrito antes de nada y después de todo. Corrió hacía aquella chica que la había vendado los ojos horas antes, el paso del tiempo se había vuelto efímero a su lado. Le sujetó la mano, la sentó en el suelo apartando gran cantidad de hojas y poniendo las suyas, esas eran las importantes ahora mismo en su vida conjunta. Su chica sonreía, tenía ideas muy raras para que la nostalgia de los domingos no se convirtiese en una tristeza sin sentido. Fue lentamente posando aquellas hojas hasta que finalmente pudo leer las dos palabras mágicas que tan feliz hace sentir a las parejas que sienten por igual: “te quiero”. La acercó a su cara y la beso lentamente, tan lentamente lo hizo que cuando las dos abrieron sus ojos las plantas tenían flor y los árboles habían cambiado sus colores para dar la bienvenida a la primavera.

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A ti, por todas esas horas que paso a tu lado. Segundos en mis retinas pero eternidades en mi memoria cuando no te tengo. Por ser la compañera perfecta en este difícil camino que es amar con los ojos muy abierto para no perderse nada de lo que tengo delante. Gracias por estar junto a mi y permitir que un otoño más las hojas de los árboles hayan caído estando a tu lado.  Porque el amor no es un camino de rosas, ni de hojas, pero si tú estás conmigo, se hace más llevadero.

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El señor de la perrita

Llevo unos días un poco preocupada. No es algo excesivamente grave porque soy bastante positiva y pienso que las cosas salen bien porque tienen que salir bien o mal porque estaban de salir torcidas.

Hace unos años cambié mi domicilio, pasando de un pequeño pueblo que no llegaba a un millar de habitantes por una gran ciudad. No es que sea una de las más grandes de nuestro país pero para mi era y sigue siendo una gigante.

Rápidamente descubrí las maravillas de vivir en una ciudad: las tiendas, la oferta cultural, los paseos por sus calles repletas de gente y luces. Sin embargo, no todo era bonito. El aire estaba más cargado, los coches pitaban con demasiada urgencia y las personas ni se miran a la cara cuando pasaban por tu lado.

Prueba de esto último, me di cuenta de que a mis vecinos les incomodaba compartir un espacio tan pequeño como el ascensor o intentaban no tropezar conmigo para evitar el contacto visual. Poco a poco me fui colando en la comunidad, una sonrisa, un saludo alegre y pequeñas preguntas que fueron rompiendo el hielo. Ahora, tras varios años en el bloque, conozco a todos los vecinos y ellos a mi. Gracias a estos pequeños gestos conseguí que uno me colgase una lámpara, otro me arreglase unas llaves e incluso se preocupen por mi coche si hay problemas en el garaje. No soporto el trato deshumanizado cuando se comparte un espacio, por pequeño que sea.

Aunque lo anterior no es realmente muy relativo para lo que quiero contar, pone en contexto a mi preocupación. Cada día, cuando voy a trabajar saludo a todo el que me encuentro en la acera, al final somos cuatro que siempre tenemos la misma rutina. Me parece realmente incómodo cruzarme con alguien y bajar la cara, quizás sea un efecto secundario de ser de un pequeño pueblo donde no saludar a un vecino suponía una bronca de mi madre. Comencé a saludar al cartero y al barrendero. Escuchar de sus labios una frase tan bonita como “esperaba tus buenos días” me parecía una razón de peso para ser amable con todos. Al final, es más fácil hacer las cosas bien que mal porque que no sea lo establecido socialmente, no significa que no sea normal.  A mis alumnos siempre les digo que una playa no se hace con dos granos de arena pero que quizás si quitamos dos granos y dos y dos más, al final deja de ser una playa. No podemos cambiar el mundo con deseos inútiles, pero si nuestro entorno con pequeñas acciones.

Un día me encontré a un señor, tendría unos setenta años. Vestía muy elegante, sin llevar traje, perfectamente peinado y con un gesto huraño. En su mano, con mucho cuidado, llevaba la correa de su perrita que husmeaba mientras él miraba a su alrededor con desdén. El primer día que le di los buenos días me miró con extrañeza, bajó la cara y no me contestó. No me importó, tendría muchas más oportunidades de conseguir que me saludase. Al día siguiente, volví a saludarlo con una sonrisa. Me miró de nuevo con cara rara y me hizo un gesto. Algo había avanzado, al menos sabía que me entendía y escuchaba perfectamente. Día tras día fui dándole los buenos días, a lo que él me contestaba con un gesto. Pasadas dos semanas, conseguí que me contestase.

—Perdona, ¿te conozco? Trabajé muchos años en el hospital y quizás te conozca pero no reconozco tu cara.

—No, no me conoce. Vivo aquí al lado y voy al trabajo. Me parece incómodo pasar sin saludar—sonrió con mi respuesta y me devolvió el buenos días.

Con el paso de las semanas, noté como cada vez que me veía sonreía y me saludaba. Incluso, cuando yo iba un poco más tarde, lo veía dar la vuelta para cruzarse conmigo y darme los buenos días. Poco a poco se fue atreviendo con alguna frase típica sobre el tiempo, sobre si iba a trabajar ya o sobre si quedaba poco para el fin de semana. Me acostumbré a él y él, se acostumbro a mi.

Sin embargo, estoy preocupada. Estamos a miércoles y aún no lo he visto. Supongo que esté bien, que quizás está de vacaciones en alguna isla o tenga gripe. No sé dónde vive, ni cómo se llama. Solo espero que todo vaya bien. A veces las cosas más simples de nuestro día a día hacen que todo sea algo más bonito. Quizás muchas veces buscamos una belleza a lo grande cuando lo más hermoso nos roza con cuidado las yemas de los dedos. Espero volver a encontrarme con sus sonrisa de nuevo mañana.

Miedo a escribir

Hace muchos años empecé a escribir. Siempre recuerdo que tenía un lápiz y un cuaderno incluso cuando no sabía hacerlo. Hace unos años, haciendo limpieza, aparecieron libretas mías de pequeña, estaban escritas con garabatos, una especie de ondas como si fuesen olitas del mar. Le pregunté a mi madre qué era eso y me contestó que cuando aún no sabía escribir, tendría cuatro o cinco años, ya le pedía papel y lápiz para hacerlo. Cansada de que le pintase papeles, incluso del trabajo, me compraba estas libretas. Dice que me sentaba en el sofá apoyando el lápiz en el mentón y me ponía a hacer aquellas  graciosas ondas diciendo que escribía un libro. Supongo que siempre he tenido mucha necesidad de hacerlo, incluso cuando no encontraba el medio para transmitirlo.

Cuando fui creciendo hice mis primeras historias. Una de ellas era un poco revolucionaria por lo que mi maestra, entrada en años, me mandó romper y volver a escribir. Decía que no se adaptaba a lo normal. Ahí, con nueve años, fui consciente que escribir se había convertido en el arma más poderosa que tenía entre mis manos.

Según cumplía años avancé en la escritura de poemas, cuentos e historias. Fui consciente de que era una pasión cuando me producía más placer plasmar mis sentimientos que pasar un rato con amigos o haciendo un deporte.

Sin embargo, llegó un momento de mi vida que dejé de escribir de golpe. Me encontré conmigo misma entre las líneas de mis historias, entre los diálogos de mis personajes y entre los pensamientos de esas personas que creaba para no ser yo quien las dijese en voz alta. Me aterrorizó tanto que decidí dejar de escribir. No tenía fuerzas para luchar contra esa persona que trataba de negar y que no quería ver.

Hace un par de meses volví a tropezar con las ganas de expresar todo lo que sentía. Quizás ya haya hecho un poco más las paces, aunque no lo suficiente,  con ese yo que llevo años ocultando por miedo. Empecé a dejar que mis dedos se arrastrasen por las teclas y me di cuenta de que no hay nada peor que enjaular a un pájaro que quiere volar. Las palabras salían solas y los sentimientos nacían con un potente chorro ya que deseaban vivir en un trozo de papel para hacer opinar a los demás.

Cuando empecé a escribir la historia, hubo personas que comenzaron a escribirme y a compartir sus sentimientos conmigo. No me podía creer que a una persona le sirviese algo que a mi valía de terapia. Palabras tan bonitas como: me saca de la rutina, me da fuerzas para afrontar mis problemas, me identifico… Me sentí muy afortunada con esas palabras que me ayudaban a mi día a día a luchar con parte de mis temores.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Llega un punto en el que vuelves a encontrarte con una parte de ti que no te gusta. Una parte que te duele y que te rasga ligeramente las heridas que un día creíste haber cerrado; el anonimato. Ese cuchillo de doble filo que te hace sentir a salvo para no dar la cara ante una sociedad egoísta que aún tiene muchos prejuicios pero que a la vez te impide ser tu misma. ¿Por qué tengo que seguir escondiéndome? Cada día pesa más el silencio, el tener que ocultarte bajo una piel que muestra algo diferente a lo que soy. Estos días atrás, quizás fruto del balance del año o de los sentimientos que me ha removido volver a escribir, me he sentido la persona más cobarde del mundo. Cobarde por no ser capaz de escribir con un nombre propio, el mío, cobarde por no atreverme a dar ningún dato de mi como ser humano, que tiene una vida normal y corriente. Es un miedo que se te mete por las venas y te envenena. ¿Y si me descubren? He vuelto a sentir un miedo tan fuerte que incluso he pensado en no publicar la novela, cerrar el portátil y dejar de escribir como hace años. Desaparecer, si ya lo hice otra vez, ¿por qué no ahora? Si no soy lo suficientemente valiente como para dar la cara, quizás deba dejar de plasmar sentimientos sobre el papel.

Por suerte, hay personas maravillosas que te quitan la ansiedad de golpe y te ayudan a ver que la cobardía es solo si tú dejas que camine a tu lado, puedes correr más deprisa que ella. Quizás debería de darme cuenta de la valentía que he tenido en mi vida por luchar para ser una mujer independiente, a pesar de tropezar con la mayor de las soledades al alejar a las personas que más quería por miedo a no mostrarles quien era, por vivir una relación sana con una persona maravillosa y por intentar que lo que escribo ayude a personas que lo están pasando mal. Quizás esta última es la que más me impulse a pelear contra ese miedo irracional.

Sé que me seguirá tocando luchar contra el peor de mis enemigos,  que muchas veces me impide hacer cosas maravillosas, un miedo que me silencia y me paraliza. Creo que en el 2018 tengo mucha tarea por hacer. Supongo que si alguien que lee esto, alguna vez me preguntó algo de índole personal, se dé cuenta de que la respuesta fue y será el silencio que produce mi miedo por querer volar sin unas alas que aún no he terminado de coser.