El orgasmo I

Buenos días, o tardes o noches…

Hacía mucho tiempo que no escribía nada por aquí y hoy me lanzo a dejar un pedacito de una historia corta que será puesta en tres entradas. Muchas personas le tiene un poquito de manía a la Navidad y puedo entenderlo porque es una época en la que muchos sentimientos se mezclan en una coctelera que no cierra demasiado bien. Sin embargo, vamos a buscarle un punto bonito, la magia y la ilusión. Dulce y empacho por todos lados. En Navidad se permite ser moñas, ¿no?  

Espero que disfrutéis de los días que quedan antes de la vuelta a la rutina y a las dietas détox. Aquí os dejo la primera parte: 

 

Alejandra, Sofía, Carmen y Bea se habían juntado después de un año donde su grupo de whatsapp había echado más humo que nunca. Eran tan pocas las ocasiones que compartían que aquellos encuentros conseguían darles energía para el resto del año.

—Pues increíble. Yo cuando llegamos a casa y saca aquello, ¡casi me quedo muerta! —gritó emocionada Alejandra.

—¿Y dio la talla?

—Vamos que si la dio. No he tenido más orgasmos seguidos en mi vida. —Las cuatro amigas rieron, extendiendo sus carcajadas hasta el resto de las mesas que les miraban con envidia de no poder estar disfrutando de un momento así.

—Chicas, bajad la voz que mirad como nos mira todo el mundo —calmó la dulce Sofía. Siempre tan modosita y preocupada de lo que opinasen los demás.

—Anda Sofi, cálmate que estamos en Navidad. Si a ti te hubiesen echado un polvazo como ese seguro que la que estaba dando voces eras tú.

—Se los echará Rebeca mujer, tienes unas cosas. —La cara de Sofía palideció y su sonrisa se borró de golpe.

—Ey, Sofi. Lo siento, no quería ofenderte. Lo he dicho de broma.

—No, si tienes razón. Si es que…

—¿Qué pasa? —preguntó Carmen.

—Nada. Olvidadlo.

—¿Qué pasa? —preguntaron todas a la vez.

—¿Y si me muero sin haber tenido un orgasmo?

—¿Cómo? —volvieron a preguntar las tres como si fuesen el más sincronizado de los coros navideños.

—Pues eso. Que nunca he tenido uno.

—Pero… ¿Rebeca?

—Pues lo intenta, claro que lo intenta.

—A ver, Sofi. Eso no puede ser… Muy bien no lo habrá intentado. ¿A ti Rebeca te gusta?—se atrevió a preguntar Alejandra.

—Creo que después de seis años esa pregunta sobra.

—Bueno, mis padres llevan 30 y creo que hace 25 que no se tocan. Desde mi hermano Carlos, que incluso a veces dudo si fue por inseminación artificial. —Todas rieron ante la broma de su amiga. Sus padres se habían casado por un arreglo entre familias. Nunca se habían querido pero sus creencias religiosas les había impedido separarse. Era sorprendente como una ideología arraigada desde bien pequeñito te puede censurar a ser feliz el resto de tu vida. Vivir una vida que otros han escrito en unos documentos sin haberse puesto jamás en tu piel, sin haber sentido unas mariposas al ver una sonrisa, o sin haber recorrido un escalofrío por tu sexo ante una caricia.

—En serio, ¿qué pasa Sofi?

—Pues no sé. Pasa que Rebeca quiere que nos casemos y yo no tengo nada claro.

—¿La quieres? —sentenció Carmen.

—Con todo mi corazón. Es la mejor persona que he conocido en mi vida. La mejor compañera de viaje que puedas imaginar.

—¿Pero?

—Pues que no compartimos gustos, ni aficiones. Cada día nos cuesta más encontrar algo en común. Llegamos de trabajar y nos echamos en el sofá sin apenas hablar. Cuando hay un problema parece que sea el único momento en el que nos encontramos un poco.

—Pero una relación no es solo eso. Hay deseo, hay pasión, hay ganas de hacer todo incluso sin hacer nada. La rutina es una fase que llega inevitablemente, pero que es necesaria aderezar con pequeños toques de ilusión. ¿Tú tienes ilusión?

—Pues no lo sé, hasta de eso dudo.

—Pues cuando uno duda…¿Por qué no os tomáis un tiempo?—Intentó ayudar Bea.

—Pues lo he pensando, pero pienso que tengo que estar sola y me muero de pena.

—Joder Sofía, ¡qué egoísta! Pues si te mueres de pena te aguantas, pero no puedes seguir engañando a Rebeca porque la quieres de una forma que no os hace felices.

—Y no te olvides, Sofi. Te estás engañando a ti misma. ¿Y si la tía de tu vida está ahí fuera esperándote?

—Sí, junto a la cuponera de esa esquina. —Las cuatro miraron hacía la anciana que llevaba desde las 7 de la mañana vendiendo los últimos cupones para el sorteo del día siguiente. Todo el mundo quería llevarse el gordo  mientras que Sofía solo quería aclararse y ser feliz. Aunque en realidad, llevaba mucho tiempo con las ideas muy asentadas. Solo necesitaba un poco de valentía para perpetuarlas.

Sofía se despidió de sus amigas con un fuerte abrazo. Se verían en Nochevieja para pasar la noche en casa de una de ellas. Todos los años lo hacían. Sofía adoraba la Navidad por esos reencuentros. Su comida del día antes de la lotería y la Nochevieja en casa de Alejandra. Durante el año se veían tan poco que aquellas citas eran mágicas.

—Traigo la suerte. Aprovechen que ya me quedan muy pocos décimos. Señorita,  mire, uno de estos está premiado seguro. —Sofía se paró frente a ella. Miró su cartera y observó que solo llevaba un billete de 20 euros. Una vez más creyó en el destino, siempre lo había hecho. Incluso cuando esté no lo había hecho en ella.

—Deme uno, por favor.

—¿Acabado en 7 o en 5?

—Pues…—Sofía dudó y sin pensarlo demasiado señaló al que tenía a su derecha. Pagó el décimo y se lo metió en la cartera. Miró el reloj. Llegaba tarde a buscar a su sobrino. Fue a meter la cartera cuando se chocó de bruces con una chica que llevaba algo en su mano.

—¿Tú eres gilipollas o qué?

—Ay, lo siento. No te he visto.

—Ya, ya lo veo. ¡Menos mal que no ha sido con el coche! Entonces me matas…

—Bueno, lo siento. Ha sido un accidente, ¿estás bien? —Sofía se levantó del suelo, tendiendo su mano a la guapa chica de grandes ojos azules.

—Estaría mejor si una imbécil no hubiese chocado conmigo. ¿Mi cartera? Ay, ahí está —dijo la chica cogiendo su cartera del suelo y metiéndola rápidamente en el bolso.

—Bueno, tampoco es para ponerse así, ¿no? No se te ha roto nada.

—Solo faltaba…Mira, lo siento. No ha sido un buen día. ¿Tú estás bien? —La chica moderó un poco al ver la cara de Sofía que estaba a punto de echarse a llorar.

—Sí, un poco torpe también. No voy a negarte que esto no me pasa a menudo, porque soy muy muy patosa, pero siento haberte hecho daño.

—No te preocupes. Estoy enfada con el mundo, lo he pagado contigo. Me llamo Paloma, ha sido un placer chocar contra ti —dijo sonriendo con ironía.

—Mejor dicho, ser embestida por mí, ¿no? —La dulzura de Sofía aplacó la bordería de Paloma quien no pudo evitar soltar una carcajada.

—Sí, mejor dicho.

—Lo siento mucho, Paloma. Prometo que lo que queda de Navidades iré mirando por donde voy. —Los ojos de Paloma se clavaron en los suyos. Nunca antes unos ojos le habían hablado así. Tanta sinceridad en tan poco espacio y tiempo.

—No te preocupes. Disfruta de las fiestas y si algún día nos volvemos a chocar, espero que sea de forma metafórica. —De nuevo, una preciosa sonrisa apareció en su boca. Le quedaban realmente bien sobre su preciosa cara.

—Sí, yo también lo espero.  ¡Felices fiestas!

—Y tu nombres es…—Paloma ya se estaba marchando cuando giró y extendió la mano que minutos antes le había negado para levantarse del suelo. Sofía extendió la suya aprentándola y transmitiéndole una especie de escalofrío. De piel a piel. Dos cuerpos conductores de energía cargados de mucha intensidad.

—Sofía.

—Felices fiestas, Sofía.

—Igualmente, Paloma. —Qué bonito aleteo el de aquellas seis letras invadiendo su boca. Volando hasta sus oídos mientras se despedía de aquellos ojos que nunca más volvería a ver.

Paloma se perdió al final de aquella calle repleta de luces que ya se comenzaban a encender ante la tristeza de un invierno que deja caer su noche demasiado temprano. Sofía miró su bolso en busca de su cartera y vio que no estaba. Observó a su alrededor. No podía estar muy lejos pues la llevaba en la mano justo antes del choque. Sin embargo, allí estaba, contra el cristal de una parada de autobús. La recogió para guardarla, pero antes de hacerlo divisó una tienda de chuches. Entró para comprar alguna antes de ir a ver su sobrino, a los dos les encantaban los regalices rojos.

—Son 3 euros. —Sofía se disponía a pagar cuando recordó que sus últimos veinte euros los había gastado en el décimo. Pensó que quizás podría rascar alguna moneda.

—Tarjetas no aceptáis, ¿verdad?

—Me temo que no—respondió la quiosquera con una sonrisa.

—Voy a ver…—Sofía abrió la cartera y vio como tenía cincuenta euros en ella. La quiosquera miró con asombro.

—¿No tienes menos?

—Pues…—Sofía no entendía. Si hacía un rato se había quedado sin dinero—. Déjame que mire bien. —Empezó a rebuscar ante la atenta mirada de la señora, quien empezó a impacientarse. Sofía pudo encontrar cuatro euros, dándoselo sin pensar demasiado, pero siendo consciente de que aquel dinero no era suyo. No era su cartera. Y si no era su cartera, debía devolvérsela a su dueña. De pronto, una bonita sonrisa se dibujó en su cara. Ilusión. Ya volvía a recordar lo que se sentía al tener ilusión. Quizás por eso se dice que en Navidad las cosas pueden ser mágicas.

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