Final Orgasmo

Señoritas, 

aquí está el final de este morgamo, digo orgasmo. Les agradezco una vez más sus lecturas, sus mensajes y su apoyo incondicional. Es mi pequeño regalo por todo lo que me habéis dado vosotras en el 2018. Para este 2019 os deseo un millón de estos, como el del título de mi historia. Que tengáis la suerte de encontrar o chocaros con una Paloma como la de mi historia, que os haga tan felices como se lo hace a Sofía 😉 Por un 2019 de sonrisas, de alegría y de muchos muchos orgasmos. 

A pesar de la emoción de saber que la tarde-noche siguiente la podría pasar con Paloma, Sofía no había pegado ojo dando vueltas a lo que llevaba demasiados años rondando su cabeza. Dudó un momento pero no aguantó más y llamó a Alejandra con carácter de urgencia. De sus amigas del grupo, solo ella podría llegar a comprender lo que le sucedía.

Dos tazas humeantes empañaban las preciosas gafas de pasta de Alejandra que la miraba con cara de sorpresa por no comprender la urgencia de aquel café y la imposibilidad de tomarlo en otro momento.

—Hemos quedado esta noche para cenar —sentenció Sofía.

—¿Y para esto me llamas con tanta necesidad?¿Qué problema hay?

—Pues que Paloma es diferente.

—Bueno, cuando nos empieza a gustar alguien siempre parece diferente. En realidad es el tiempo el que marca esa diferencia.

—No me estas entendiendo. Paloma me mueve algo.

—Ya, las famosas mariposas esas que te entran y no puedes dejar de pensar en ella.

—No.

—¿No?

—Es algo más mágico. Con mis anteriores parejas me he sentido a gusto, hemos compartido cosas, pero con Paloma se une algo más.

—Estoy muy perdida. —Alejandra tomó un largo trago de café esperando que aquello le pudiese abrir la mente.

—Paloma me pone muy muy…

—¿Nerviosa?

—Parecido…

—¿Cachonda? Que te moja las bragas de arriba abajo, ¿no? —Sofía asintió con vergüenza—. Pues ahora si que no veo el problema. Que alguien te provoque eso es maravilloso, lo malo es cuando estás de cintura para abajo muerta.

—Ya, pero es que yo tengo un problema…

—¿Lo de los orgasmos? Puede que Paloma haga volar sus deditos hacía ese punto mágico. ¿No dices que sientes magia con ella? Barita no tiene, pero dos buenas manos…

—Es que yo creo que en el fondo tengo un miedo ahí que me impide disfrutar de ese momento intimo. Tantos años de mi vida reprimiendo que quizás no acabe por el miedo a disfrutar libremente de mi sexualidad. ¿Me entiendes?

—Sí, pero me parece una tontería. Tú eres como eres, una tía que vale muchísimo, que todas las personas que te conocen te quieren y te admiran. No tienes que demostrar más por el hecho de que te gusten las mujeres. Nosotras nos queremos  por igual sin importar con quien nos acostamos. Tus padres lo acabarán comprendiendo y los que estamos a tu lado a diario, somos felices si te vemos feliz. ¿No crees que deberías relajarte, dejar de machacarte y disfrutar para ser feliz?

—Sí. Lo voy a intentar.

—Déjate llevar. Hazme caso. A mi la primera vez que me metieron un buen…

—Ya, ¡me hago una idea! No hace falta que me lo expliques. —Las dos soltaron una gran carcajada mientras cómplices sus miradas se alegraban de su bonita amistad.

***

Sofía finalmente había elegido un look muy práctico. Habían pateado medio Madrid cogiendo grandes puñados de caramelos. Paloma le hacía sentir como una niña pequeña. Miraba la cara de su sobrino al observar a los Reyes Magos y no notaba gran diferencia de las miradas que le lanzaba ella a aquella preciosa chica de ojos azules. Se imaginaba aquellos ojos desvistiéndola o aquellas finas manos rozando los contornos de cuerpo haciendo que un gran escalofrío la recorriese de arriba a abajo. Sentía una atracción tan fuerte por ella que incluso a ochocientos kilómetros sería igual de potente solo con el eco de su voz en sus oídos. Sonó en su cabeza el “que te moja las bragas” de su amiga Alejandra. Siempre tan vulgar y tan poco cuidadosa con la expresión. Sin embargo, en aquel momento eran las palabras más acertadas para describir literalmente lo que le había pasado dos minutos atrás cuando Paloma le había dicho algo al oído al ver que era incapaz de escucharla de otro modo. Su voz suave y fina entrando en sus pabellones auditivos, haciendo trabajar dentro de su cuerpo a un entramado de partículas diminutas que terminaban humedeciendo su ropa interior.  Se estaba volviendo loca de atar. De no sentir absolutamente nada a perder la cordura por una simple voz. entrando por su cuerpo. No podía ni imaginar si la piel desnuda de Paloma se atrevía a dejar sin censura a la suya. De nuevo, las palabras de Alejandra en su cabeza, haciendo que una tímida sonrisa se proyectara en los ojos de Paloma.

—Eres de blanco, ¿no? Era lo que bebías en Nochevieja. —preguntó Paloma mirando la carta.

—Sí. Me gusta mucho más que el tinto.

—Hablando de gustar. Siento ser tan directa, pero no aguanto más. ¿Tienes alguna ilusión ahora mismo? —La sutileza de aquella pregunta chocaba con la claridad de su finalidad.

—¿Yo? —Las mejillas de Sofía tornaron a un rojo fuego de inmediato.

—Bueno, se lo podría estar preguntando a la camarera que está detrás de ti, pero no es mi tipo.

—Pues…Lo he dejado con mi chica hace dos semanas. —soltó sin reir la gracia de Paloma.

—Me lo imaginé cuando hablamos sobre el tema, pero al ver que te costaba mucho hablar de ello preferí dejar que acabases de contarme todo y después no me atreví a preguntártelo. Lo siento mucho.

—En realidad tú me ayudaste. —Sofía se sorprendió de sus palabras, pero estaba cansada de cuidar su lenguaje, de ser la perfecta y correcta.

—¿Perdona?

—Sí. Me vas a llamar loca. A estás alturas de mi vida, es posible que lo esté. El día que me crucé contigo sentí algo imposible de describir. Algo mucho más fuerte y potente de lo que el ser humano está acostumbrado a descodificar.

—Yo también lo sentí. —Paloma fijó los ojos en los suyos. Fue en ese preciso instante en el que Sofía entendió el sentido de todo. Paloma no había llegado a su vida por azar.

—¿Qué sentiste?

—Pues no sé…¿magia? —Las dos rieron. El vino llegó, los platos saltaron a la mesa y las risas y conversaciones se sucedieron en torrente. Las palabras se solapaban en sus curiosas bocas. En muchas ocasiones, como si de forma telepática se tratase, pronunciaban a la vez la misma concatenación de letras formando las mismas frases.  No era muy lógico que sin apenas conocerse,  pareciese que lo hacían de siempre.

***

—¿Quieres subir? No sé, nunca he hecho esto así en una primera cita. —Sugirió Sofía.

—Más bien sería la segunda, ¿no?

—Bueno, si contamos Nochevieja sí.

—Yo más bien hablaba de la cita en mi consulta. —Las dos rieron ante el inocente chiste, haciendo que Paloma se lanzase con un tímido beso sobre los labios de Sofía—. ¿Responde mi beso a tu pregunta?

—Sí. Más perfecto que una palabra. —Sofía sacó las llaves del bolso. Notó que su torpeza se acentuaba con los nervios de sentir aún el beso de Paloma. Un nuevo cosquilleo recorrió su espina dorsal al imaginarse que aquel sería tan inocente como su chiste, el más inocente de la noche.

Entraron en el piso. Dejando sus cosas sobre el mueble de la entrada. No fue con mucho acierto ya que sus miradas no estaban puestas en donde dejar las cosas. Se posaban sobre sus cuerpos. Sobre el deseo de verlos sin aquellas prendas que horas antes habían sido puestas en sus pieles para impresionarse o gustarse más. Ahora poco hacían. Ni siquiera abrigaban pues sus cuerpos desprendían el calor de una tarde de verano al sol de Sevilla. Paloma se volvió a lanzar sobre los labios de Sofía quien correspondió  a estos acercándose un poco y dejándose invadir por los labios de tan justa colona. Sus pliegues se adaptaron a la perfección y sus suaves movimientos animaron a sus manos que juguetonas buscaron un resquicio para colarse entre sus prendas. La intensidad de sus besos, deseosos de hacer un mayor recorrido, se hermano con unos dientes en busca de más piel para morder y saborear. Paloma inició aquel juego de mordiscos donde ninguna de las dos se salvaba. Fue Sofía quien animó a su boca a bajar por el cuello de Paloma para recordarle que le encantaba su piel. Sin embargo, pensó que quizás debía susurrárselo al oído. Aquellas palabras desataron las ganas de Paloma por sentir aún más a Sofía. Sus ojos hablaron con los de su amante, quien entendió que era momento de buscar una cama donde apoyarse. No hizo falta más lenguaje que el de una mano sujetando a otra dirigiéndola por un pasillo completamente oscuro. Paloma desató los botones de la camisa de Sofía, quien en segundos quedó con una fina tela que salvaguardaba su pecho. Sin embargo, dos fueron los segundos que tardó Paloma en despojarse de aquello para seguir su conquista por la piel de Sofía. Un subir y bajar de besos, labios, mordiscos y caricias concluyeron en el momento más intimo de la noche, donde la mano de Paloma se adentró en la zona más intima de una Sofía nerviosa por el momento que llegaría. Completamente empapada de deseo por sentir lo que jamás había sentido. Trató de pensar que aquello era bonito, que estaba disfrutando de una buena compañía, que dejarse llevar era lo que su cuerpo necesitaba. Un torrente de pensamientos positivos relajó su cuerpo como nunca lo había hecho. Paloma le hacía sentir seguridad. Sin dudas, no era tiempo lo que su cuerpo había necesitado para comprender que aquella persona que tenía en frente la complementaba de una forma especial. La delicadeza de Paloma, unida a las ganas de sentir a Sofía en profundidad, hizo que esta lanzase un gemido de placer. No era fingido. Paloma había dado con el punto exacto en el momento oportuno. Su respiración se alzó a lo más alto y solo cuando su cuerpo encontró el toque de explosión pudo volver a su ser para dejar caer su cuerpo contra el colchón con una respiración entrecortada. Los labios de Paloma se acercaron a los suyos y sus miradas se volvieron a encontrar para decirse que era muy difícil que nada ni nadie las pudiese alejar ya. Sofía se abrazó a Paloma, pegando tanto su cuerpo al de ella que era bastante difícil diferenciar el final de uno con el principio del otro. Se quedaron dormidas de inmediato.

—Vaya fuerte lo del gordo. ¿Te acuerdas de la calle donde nos tropezamos? Pues ha tocado donde una señora que los vendía en aquella esquina. —Paloma había despertado muy charlatana mientras Sofía intentaba desperezarse del todo.

—¿Cómo? —dijo Sofía pareciendo despertar.

—Sí. No tenía muchos pero a unas cuantas familias les ha arreglado la vida.

—¿Qué dices? Justo antes de chocar contra ti compré uno.

—¿Y no lo has comprobado? —preguntó Paloma sorprendida.

—He tenido yo la cabeza para comprobar nada…

—¿Y dónde lo tienes?—Sofía se levantó como un resorte hacía su bolso. Agarró su cartera y buscó con desesperación. Mientras, Paloma buscaba el número en su móvil—. A ver, te voy diciendo.

—Dispara.

—Cero.

—sí,

—Tres

—Sí.

—Tres.

—Sí.

—Cuatro.

—Sí.

—¿No jodas?¿Coinciden?

—Sí, venga. Solo queda el último.

—El 7. —Sofía se abalanzó sobre Paloma, tirando el décimo al suelo.—¿Es el 7?

—Ays, ¡qué me ha tocado!

—¿Te ha tocado? —preguntó Paloma eufórica—. ¿De verdad?

—Claro que sí, tonta. Me ha tocada al encontrar a la mejor chica del mundo, la que saca mis mejores orgasmos a relucir.  Y esos me van a tocar durante toda la vida. Me ha tocado despertares de besos, siestas de caricias. Me has tocado tú, creo que no hay mejor fortuna que esa. Y vaya si tocas…—Sofía estalló en una carcajada.

—¡Serás idiota! Y yo pensando que te había tocado el gordo…

Sofía sujetó a Paloma por la cintura y la besó con la suerte de saber que encontrarla aquellas navidades de 2018 había sido mejor fortuna que la coincidencia de cinco números sobre un papel.

 

 

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El orgasmo III (No es el final)

La cosa se ha alargado un poco más de la cuenta. Y como me encanta dejar las cosas a medias 🙂 Dejo el final para la noche. Ui, ui, ui, creo que me van a traer carbón por hacer estas cosas jajajaja 

Espero que os esté gustando. A mí Paloma y Sofía me están pareciendo una pareja muy especial. Creo que juntas harán cosas muy bonitas. Me temo que hay personas, como ellas, que cuando se conocen no saben vivir ya la una sin la otra.  

 

Eran las dos de la mañana y ni rastro de Paloma. Nada más colgar le había mandado un mensaje con la dirección,  explicándole que era una simple fiesta donde la gente iría algo más arreglada que de costumbre pero sin ser algo excesivo al ser una casa particular. Quería ponerle que no necesitaba impresionarla aunque sabía que lo haría. Se ciñó a poner un saludo y esperó a que los dos palitos se pusiesen verdes. No tardó en mandarle un entendido y un muñequito tirándole un beso. Sofía entendía que aquella noche Paloma aparecería por la fiesta para que pudiesen, en principio,  intercambiar sus monederos.

—Ni rastro, son las tres y no aparece.

—No seas impaciente. Lo bueno se hace esperar siempre. Seguro que la chica se ha retrasado un poco con la familia. Madrid está imposible ahora mismo. Todo el mundo está saliendo de casa. Habrá esperado un poco. Tómate otra y disfruta. Si no viene, mañana le deseas un feliz año e intentas quedar con ella.

—Claro —contestó Sofía pesarosa.

Sofía rellenó su copa. Empezaba a sentir la música recorriendo los poros de su piel, las notas colándose por debajo de su falda y el ambiente de alegría y celebración contagiando a su sonrisa. Cerró los ojos dejándose llevar por uno de los grandes éxitos del 2018. Recordaba escucharla con Rebeca en el coche de camino al pueblo. A ella le encantaba, Rebeca trataba de cambiarla continuamente. Sofía sonrió sabiendo que una de las decisiones más difíciles del año que acababa de dejar había sido la correcta. Hasta una simple canción se lo confirmaba. Dio un nuevo trago a su copa, notando que sería el último. No pasaba nada, había de sobra para rellenar. Aquella nueva copa de vino se presentaba como el nuevo año. Nuevo de oportunidades, de ocasiones y de momentos para humedecer sus labios con ilusión. Y por qué no, para estrellarlos contra los labios de….

—¿Paloma?

—Sí, soy amiga de Sofía….Bueno, amiga…—Sofía escuchó su voz cortando sus pensamientos. Inmediatamente abrió sus ojos y se encontró a una preciosa chica con un vestido verde esmeralda. Lo suficientemente ceñido como para saltar los puntos de sutura que aún sujetaban la poca cordura que le quedaba ante aquella mujer. Sofía se bloqueó al ver sus ojos, brillantes y ligeramente acentuados por un perfecto maquillaje. Los suyos se lanzaron a mirar sus labios y el bloqueó aumentó al ver el rosa que perfilaba aquellos preciosos pliegues de su cuerpo.

—Hey, Paloma. —Sofía escuchó su voz ligeramente tomada por el vino blanco que llevaba bebiendo toda la noche.

—Sofía, ¡feliz año nuevo! —Paloma se acercó a ella plantándole dos sonoros besos.

—¡Feliz año!

—¿Esta es la chica de la cartera? —preguntó Alejandra con una risita maliciosa mientras la recorría con la mirada para analizarla.

—Sí, esa soy yo. Tu amiga me ha dejado indocumentada. Menos mal que no tenía tarjetas porque viendo lo pelada que va siempre, me hubiese desfalcado.

—Bueno, os dejo que habléis. Ten cuidado con ella que está buscando alguien que le quite un pequeño problemilla.

—¿Cómo? —Sofía miró a Alejandra esperando que no dijese lo que creía que iba a decir, pero eran demasiados años y estaba convencida de que su amiga, con la naturalidad que le caracterizaba, lo haría.

—Nunca ha tenido un orgasmo —susurró al oído de Paloma, quien inmediatamente se ruborizó por lo que acababa de escuchar. Alejandra se perdió por el salón repleto de gente mientras Sofía prefirió no preguntar algo sabiendo ya la respuesta. Prefería gastar su saliva en otras cosas.

—¿Quieres una copa?

—Sí, me vendrá bien —aceptó Paloma

Sofía no recordaba muy bien si fue entre su copa número seis o siete cuando le confesó a Paloma que era lesbiana, que de su entorno apenas lo sabían cuatro personas y en su trabajo dos. Que siempre había llevado aquello muy en secreto, un secreto que a veces apretaba las cadenas tan fuerte que estas dejaban marcas en su cuerpo. Sintió como al pronunciar estas palabras las manos de Paloma sujetaron las suyas con fuerza. Quizás estuviese teniendo una nueva amiga a quien poder contar aquellas cosas con la facilidad de llevar una botella de vino blanco en el cuerpo. Confiaba en ella. Era imposible no hacerlo mirando a aquellos ojos. Nadie puede desconfiar de aquella mirada clara y cristalina donde podía ver el fondo para tocarlo con sus pies descalzos. Nunca había confiado en aquellos sitios donde no hacía pie. Todo lo que salía de su control, la trastornaba. Y no supo si había sido que las copas de Paloma estaban cargadas de más, pero sus bonitos labios rosas se dispararon a hablar con la prisa de las aguas del deshielo que corren por las montañas en primavera. Paloma y su abierta homosexualidad. Su salida del armario, sus relaciones, sus novias… Por un momento creyó que eran iguales salvando aquella distancia de cuatro paredes que separaba la libertad de los sueños. Paloma se acercó a sus labios, tratando de explicarle su pasado de una forma distinta, pero la música se paró y todo el mundo gritó en protesta. Eran las nueva de la mañana. Había pasado toda la noche hablando en aquel viejo sofá, apartadas de todos. Habían sido incapaz de dejar de hablar. El pasado se había mezclado con el presente para crear un posible futuro entre dos personas que al cruzarse habían chocado con violencia. La magia de una película de Disney, donde la medianoche había anunciado que aquello se había terminado. Sofía deseaba perder su zapato para que Paloma lo encontrase y así poderse ir con ella muy lejos, pero en la vida real los cuentos no existen y la apresurada marcha de la gente, las invitaba a irse con ellos. Ya no sentía el  fluir de los efectos del alcohol desde hacía horas. Tan interesantes habían sido las conversaciones, que ni siquiera había necesitado alimentar su cuerpo para despojarse de la vergüenza. Con Paloma se sentía a gusto, feliz, sin prisa. Sin embargo, no tenía la excusa de las copas de más para invitarla a su casa a seguir hablando.

—Bueno, será mejor que me vaya. Me lo he pasado genial. Muchas gracias por invitarme. —Paloma se levantó del sofá, depositando dos suaves besos sobre las mejillas de Sofía—. ¡Ay, casi se me olvida! ¡Tu cartera! —Sofía se acordaba perfectamente de ella, pero quería tener una nueva excusa para verla otro día, o mejor, aquella misma tarde. Pensó en decirle que la suya se la había dejado en casa con las prisas, pero ya había sido demasiado idiota.

—Sí, yo también tengo aquí la tuya. —Las carteras cambiaron de dueña. Un simple objeto las había acercado tanto. Ni todo el dinero que ellas pudiesen custodiar equivalía al valor del sentimiento que se había invertido aquella noche.

—Algún día podíamos tomar un café, ¿no? Si te apetece, claro.

—Sí. Claro que me apetece.

—Pues nos escribimos, ¿vale?

—Sí. Me parece una buena idea. —Se volvieron a despedir con dos besos algo más largos, a la espera de que la cantidad de estos disminuyesen en uno y la longitud aumentase a horas.

***

La resaca del 1 de enero era palpable. Sofía había pasado toda la mañana en la cama sin apenas dormir. Solo podía pensar en Paloma. En la conversaciones donde de lo más simple habían pasado a lo más complejo, o al revés. Era imposible que en tan poco tiempo hubiese removido tanto dentro de ella. Pensó que era el cansancio, o que quizás se estaba volviendo loca. Igual el amor es esto. Volverse tan jodidamente loco que no haya palabras para describirlo. Salvo esas mismas, las de la irracionalidad. Había revisado su móvil un millón de veces. Tan solo Bea había puesto una carita vomitando a lo que Alejandra había contestado que no le extrañaba viendo que no había sobrevivido de una botella de ron. Finalmente, las chicas se animaron sobre las diez de la noche para hacer una radiografía completa de aquella noche. Quedaban tantos huecos por rellenar que Alejandra propuso una quedada extraordinaria para desayunar aquel viernes. Todas aceptaron. Sofía estaba feliz por ello. Sin embargo, necesitaba saber de Paloma y no se atrevía a escribir. Abrió su conversación y al ver que estaba en línea hizo que su corazón se saltase un latido. De pronto “escribiendo”. Cerró la conversación esperando su mensaje. pero tras pasar varios minutos, no había llegado nada. Volvió a meterse  en la conversación. Paloma se había desconectado sin decir nada. Sofía posó el móvil en la mesita y esperó a quedarse dormida. No sabría nada de ella en los siguientes días.

—¿Y no la besaste?—preguntó Carmen.

—¿Cómo la voy a besar?¿Con toda la gente que había?¿Tú estás loca?

—Joder con la gente, Sofía. ¿Algún día dejarán de importarte?

—Pues no lo tengo claro.

—Llámala ahora mismo y queda con ella —invitó Bea.

—No, no. Será mejor que me olvide de ella. Esta fuera del armario, su vida es totalmente distinta a la mía. No soportaríamos una relación así.

—¿Tú estás tonta?¿Qué más da el armario?¿Tú sabes lo difícil que es encontrar una persona con la que se conecte tan bien como habéis hecho vosotras? Quizás nunca más nadie te vuelva a hacer sentir esto. Y si la dejas escapar, te vas a arrepentir.

—Ya. No me agobiéis.

—Dejadla, que se tome unos días y vea todo con más calma. Si finalmente se lanza, que lo haga porque esta segura de ello. Anda, cómete una peladilla que están muy buenas. —Carmen le pasó la bolsa. Sofía mordió con ganas,  sintiendo un dolor muy fuerte al instante.

—¡Ay! ¡Qué dolor! —Alejandra estalló de risa ante la atónita mirada de todas.

—Creo que deberías ir al dentista. Es urgente. Si lo sé antes, te meto la bolsa de peladillas en la boca nada más llegar. —Sus amigas rieron ante la cara de dolor de Sofía donde se dibujó una sonrisa de esperanza.

***

—Muchas gracias, Paloma. No sé que habría hecho sin tu ayuda. Con todas las fiestas y siendo viernes, no sé donde hubiese encontrado una dentista hoy.

—No pasa nada. Has tenido suerte. Aunque bueno, si no te hubiese cogido fuera de horario.

—Eres un amor. —Sofía se arrepintió de aquella palabra tan cursi, pero Paloma se rio con mucha gracia—. ¿Cuánto te debo? —Sofía cambió de tercio, acercándose con su cartera a Paloma y sacando su tarjeta de crédito.

—Me temo que tenemos un problema.

—¿Qué pasa?

—Pues que el datáfono hoy no funciona, y sabiendo tus antecedentes… Tú el dinero en efectivo no sabes lo que es, ¿no? —rio Paloma.

—No. Casi nunca llevo en efectivo. —Las mejillas de Sofía se encendieron—. No pasa nada, bajo al cajero y subo. Son dos minutos.

—Se me ocurre algo mejor.

—Dime.

—Me invitas a cenar mañana por la noche y deuda saldada.

—¿A cenar? —preguntó Sofía sorprendida.

—Bueno, si prefieres lo del cajero…—Paloma dudó si su propuesta la hubiese incomodado.

—Me parece una idea fantástica. ¡Me encanta! He quedado en llevar a mi sobrino a la cabalgata y creo que antes de las diez será imposible. A menos que nos quieras acompañar, lo dejo en su casa y nos vamos a cenar.

—¿Sí? Hace muchos años que no veo una, será divertido.

—Claro. Ven con nosotros.

Y así, Paloma y Sofía concertaron una cita para el día siguiente, donde la noche más mágica de todas a veces trae cosas imposibles de conseguir durante el resto del año.

El orgasmo II

El orgasmo II

Un impulso. Eso es todo lo que necesita el ser humano para dar un giro a su vida sin pensar demasiado en las consecuencias. Sin embargo, los impulsos brotan de un estímulo, no es necesario que sea muy grande, lo suficiente como para sacarte de esa zona de confort que te hace bostezar hasta la saciedad. Y Sofía había encontrado el suyo. Dos bonitos ojos. No eran dos globos oculares normales y corrientes. Eran los ojos que quería que cada mañana la despertasen, que la desvistiesen en cada esquina de la ciudad o que la persiguiesen por el pasillo de su casa. Era el estímulo perfecto para lanzarse a realizar la locura de su vida. Y por eso se llamaba locura, porque la había conseguido anular por unos segundo, haciendo que su sino tomase un camino distinto al que aquella mañana tenía previsto para ella.

—Necesitamos un tiempo.

—¿Cómo? —preguntó Rebeca atónita.

—Eso. Necesitamos un tiempo. O quizás dejarlo del todo.

—Lo necesitarás tú. No entiendo nada, Sofi.

—¿No entiendes que esto no funciona?—desafió Sofía con seguridad.

—¿No funciona?

—No. No funciona.

—¿Ya no me quieres? —Las primeras lágrimas de Rebeca comenzaron a asomar por aquellos otros ojos por los que ella no sentía nada. Tristes y melancólicos. El impulso y la locura no le habían avisado de que aquello podría ocurrir, haciendo que su pena y su angustia los aplacase con tanta intensidad que los volviese a meter en una cajita. Sofía se volvió a sentir liliputiense. Caería en un abrazo de lástima y seguiría la ruta de aquella mañana. Sin embargo, aquellos ojos azules la volvieron a mirar, como el faro que guía al barco perdido cuando duda por donde seguir.

—Es por los orgasmos. —Sofía no entendía como acababa de decir aquella gilipollez. Dejar a alguien por un orgasmo…

—¿Cómo?¿Me dejas por eso?

—No. Sí… No, joder, no. Te dejo porque no funciona, Rebeca. Porque la amistad ha tomado el protagonismo en esta relación. No recuerdo el último…

—Orgasmo sí, ya lo he entendido. —Pero no, Sofía no quería decir orgasmo. Hubiese respondido que en ese caso, ni el último ni el primero.

—Rebeca…

—Que sí, que lo he entendido. Que esto se ha terminado. Pues nada, un placer Sofía. No sé que decir. No me esperaba este final, pero si es lo que tú quieres, adelante. Te agradezco que al menos hayas sido sincera conmigo. —Rebeca se levantó como si el cuerpo le pesase una tonelada, se acercó a Sofía para darle un suave beso en la mejilla y se marchó por la puerta sin esperanzas de que Sofía la retuviese para decirle que se había equivocado y que quizás debían seguir luchando.

 

A pesar de haber sido ella quien tomase aquella decisión tan drástica, Sofía no podía dejar de llorar. Lo había hecho. Se sentía peor que mal, fatal y horrible mezclados en un coctel molotov. No podía creerse que se hubiese cargado una relación de seis años en seis minutos. El tiempo en aquel instante no había importado demasiado. En realidad las dos sabían que si seguían en aquel plan acabarían haciéndose mucho daño. Sin embargo, no podía dejar de pensar en la frialdad de las mañanas, donde no habría más besos ni caricias de despedida. En las cenas en soledad con la voz del telediario como única compañía, o los buenas noches inexistentes en el vacío de aquella habitación sin apenas decoración. Por no hablar de los sábados aburridos en el sofá o los domingos de melancolía con la manta y la misma película de sobremesa que había visto mil veces. No tendría su risa, ni su olor, ni sus zapatos desordenados en la entrada. Ya no habría pelos morenos en el baño, ni el tubo de la pasta abierta. Ya no habría motivos para tomarse una botella de vino juntas o comerse a besos después de un día espantoso. Se había terminado. ¿Cómo podía pensar en todo lo bonito con ella sabiendo que aquella decisión era lo mejor para las dos? Porque muchas veces esas pequeñas bocanadas de algo feliz nos hacen terriblemente insaciables ante la felicidad. Sofía se sintió devastada. Derrumbada en un mar de lágrimas. Aquella tarde no tuvo fuerzas para llamar a nadie, ni al día siguiente, ni al día siguiente. Tuvieron que pasar 10 días, en el último del año para que la llamada de Alejandra obtuviese una respuesta de su afligida voz.

—¿Qué has hecho qué?¿Estás loca?—preguntó Alejandra.

—Pues no lo sé. Quizás sí.

—Bueno…a ver, ¿estás bien?

—Pues no, estoy jodida. Aunque en el fondo se que esto es lo mejor.

—Ya está. Te duchas, te pones algo decente y vienes hasta mi casa. Nosotras te alegramos. Te he comprado unas cuentas botellas de ese vino que tanto te gusta.

—Alejandra, no tengo ganas de nada.

—Sí las tienes.  Venga, no acepto un no por respuesta.

—Joder. —Sofía había estado tan sumida en su mundo que ni siquiera había sido consciente de que seguía con la cartera de aquella desconocida—. ¡Qué no tengo dinero ni para un taxi!

—¿Cómo? Tía, ¿no has cobrado la extraordinaria este mes o qué?¿Tan mal está la educación?

—¡Qué no es eso! El día que fuimos a comer, me choqué con una tía y nos cambiamos la cartera.

—¿Cómo?¿Teníais la misma cartera?

—Sí, algo muy raro. Bueno, y por culpa de los ojos de aquella tía, pues me lancé a hacer lo que hice —soltó a bocajarro.

—¿Cómo? Mira Sofía, no sé que te pasa, pero estas navidades estás haciendo cosas rarísimas. Ponte algo ya, vente a casa y me cuentas todo despacio. Cuando estés abajo, avísame que bajo a pagar el taxi.

—Ays, ¿qué haría sin ti?

—Y tráete la cartera de esa chica. A ver si adivinamos algo. Contenta tiene que estar si llevas casi 10 días con ella sin decirle nada.

Pero antes de que Sofía pudiese contestar algo, Alejandra ya había colgado. Era verdad. Aquella chica debía pensar que era idiota. A ver como le explicaba que sabía desde el minuto uno que la tenía y no se la había devuelto. Seguro que la chica aquella habría ido a la policía mientras que ella seguía con sus tarjetas, su dinero…Sofía se lanzó a por su bolso en busca de ella. Con unos nervios indescriptibles comenzó a abrirla, sabiendo que aquello era una violación de su intimidad, pero en realidad era el único modo de poder averiguar algo de aquella chica y hacerle llegar su monedero.  Rápidamente divisó la entrada al museo Moma de Berlín, un ticket de haber comprado unas entradas de teatro y la entrada de un concierto que había tenido lugar la semana anterior en un pequeño bar no muy lejos de donde Sofía vivía y solía ir. Nunca se la había encontrado. Estaba segura porque hubiese sido imposible olvidar aquellos ojos. Por un segundo, sintió una terrible atracción por aquella chica de la que apenas sabía nada y de quien deseaba conocerlo todo. Sus tres grandes pasiones reflejadas en los tres trozos de papel que Paloma guardaba en su cartera. Era imposible que pudiesen gustarle aquellas cosas con tanta intensidad como a ella. Siguió buscando y por fin dio con una pista que podría acercarle a ella.

—Paloma González. Dentista. —Y debajo de aquel bonito apellido un número de teléfono. Sofía llamó al taxi, guardó ropa, zapatos y maquillaje en una mochila, se calzó sus deportivas y se encaminó a casa de Alejandra.

—Llama. Deja de darle vueltas a la tarjetita y llama ya. —Amenazó Alejandra con un cuchillo mientras partía jamón para aquella noche.

—No pienso llamar. ¿Y qué digo? Oye, que después de 10 días me he dado cuenta de que tenía tu cartera. Soy una lentita que en todos estos días no me había dado cuenta. Como ves, no solo choco con la gente por la calle, si no que además me quedo con sus carteras.

—Dile que tienes dos carteras y que en la otra es donde guardas el dinero. Que ha coincidido que en toda la semana no has necesitado ni la tarjeta de crédito ni el dni. Y que además has estado con un virus en la cama, por lo que no has salido ni usado el bolso en estos días. Cuando vea la cara que se te ha quedado, se lo creerá.

—¿Me vea? Se lo mando por correo y listo.

—Sí hombre. Esto ha pasado por algo. Pregúntale si tiene planes para esta noche. Que venga a tomar algo y se la devuelves.

—Tú estás loca, ¿no?

—Bueno, pues nada. Se la mandas por correo. Te quedas con la curiosidad de conocer a esa chica que te ha encantado desde el minuto uno y que por una extraña razón te ha impulsado a dejar a tu novia de seis años, pero la loca soy yo.

—Vale, vale. Tienes razón, pero no creo que acepte, era muy borde.

—Tú díselo. Que decida ella lo que quiere, pero no le des la opción del correo. Si hoy no se acerca, quedáis para tomar un café otro día. O unos vinos… porque como no espabiles, me da a mí que lo del orgasmo se lo vas a tener que preguntar a la NASA a ver como es…

—¡Idiota!

—Venga, sube hasta la buhardilla y llama tranquilamente.

Un tono, dos tonos, tres tonos…El corazón de Sofía iba a salir disparado por su boca. No sabía qué iba a decir cuando…

—¿Sí?

—Hola, perdona, ¿Paloma?

—Sí, soy yo. Lamento decirte que hoy no atiendo a más pacientes. Es nochevieja y a las seis termino.

—No, mira. No te llamaba por tu consulta. ¿Tú has perdido una cartera? —Sofía se sentía idiota. Ni siquiera se había presentado, aunque dudaba que esa chica la recordase.

—Pues sí, hace unas semana choqué con una chica y debimos intercambiárnoslas. Mira que hay carteras en el mundo y… ¿Sofía?

—Sí, soy yo. —Sus mejillas se prendieron al segundo.

—Pero…¿Cómo has conseguido este número?¿Has ido a la policía?

—No, verás. Es que he visto que tenías una tarjeta dentro y al decirme que te llamabas Paloma pues intuí que fueses tú.

—¿Y has tardado una semana en intuir eso? —De nuevo la chica borde y huraña del primer momento.

—No. en realidad he estado enferma y no he cogido la cartera desde el día del choque. En cuanto me he dado cuenta de que no era la mía, me he puesto en contacto contigo. Disculpa que no lo haya hecho antes.

—No te preocupes. En realidad, yo he tenido una semana tan ocupada que ni siquiera he ido a la policía a dejar la tuya. Eso sí, estás pelada guapa. Ya podías haberme dejado algo, que no me dio ni para el autobús de vuelta a casa. —Las dos rieron. Paloma tenía un toque de humor especial, además de una voz terriblemente sexy.

—¿Y cuándo te la puedo dar? Estoy pensando, se me ocurre así de repente….

—Dime.

—¿Tienes planes para esta noche?

—¿Para hoy? Pues ceno en casa de mis padres. Después de las campanadas tenía pensando irme a casa. Este año no iba a salir.

—Vaya…Es que, una amiga da una fiesta en su casa. Si te corre mucha prisa, podías acercarte a tomar algo y bueno, te la puedo devolver. Si no te apetece, nada. Podemos vernos otro día.

—Me parece una buena idea.

—¿Cuál de las dos? —preguntó Sofía dubitativa.

—La de la fiesta…Si a ti te parece bien.

—Claro. Te mando la dirección por un mensaje.

—Genial. Ya me explicarás también si hay que ir vestida de algún modo en especial.

—Perfecto. Hasta la noche, Paloma.

—Hasta la noche, Sofía.