El orgasmo II

El orgasmo II

Un impulso. Eso es todo lo que necesita el ser humano para dar un giro a su vida sin pensar demasiado en las consecuencias. Sin embargo, los impulsos brotan de un estímulo, no es necesario que sea muy grande, lo suficiente como para sacarte de esa zona de confort que te hace bostezar hasta la saciedad. Y Sofía había encontrado el suyo. Dos bonitos ojos. No eran dos globos oculares normales y corrientes. Eran los ojos que quería que cada mañana la despertasen, que la desvistiesen en cada esquina de la ciudad o que la persiguiesen por el pasillo de su casa. Era el estímulo perfecto para lanzarse a realizar la locura de su vida. Y por eso se llamaba locura, porque la había conseguido anular por unos segundo, haciendo que su sino tomase un camino distinto al que aquella mañana tenía previsto para ella.

—Necesitamos un tiempo.

—¿Cómo? —preguntó Rebeca atónita.

—Eso. Necesitamos un tiempo. O quizás dejarlo del todo.

—Lo necesitarás tú. No entiendo nada, Sofi.

—¿No entiendes que esto no funciona?—desafió Sofía con seguridad.

—¿No funciona?

—No. No funciona.

—¿Ya no me quieres? —Las primeras lágrimas de Rebeca comenzaron a asomar por aquellos otros ojos por los que ella no sentía nada. Tristes y melancólicos. El impulso y la locura no le habían avisado de que aquello podría ocurrir, haciendo que su pena y su angustia los aplacase con tanta intensidad que los volviese a meter en una cajita. Sofía se volvió a sentir liliputiense. Caería en un abrazo de lástima y seguiría la ruta de aquella mañana. Sin embargo, aquellos ojos azules la volvieron a mirar, como el faro que guía al barco perdido cuando duda por donde seguir.

—Es por los orgasmos. —Sofía no entendía como acababa de decir aquella gilipollez. Dejar a alguien por un orgasmo…

—¿Cómo?¿Me dejas por eso?

—No. Sí… No, joder, no. Te dejo porque no funciona, Rebeca. Porque la amistad ha tomado el protagonismo en esta relación. No recuerdo el último…

—Orgasmo sí, ya lo he entendido. —Pero no, Sofía no quería decir orgasmo. Hubiese respondido que en ese caso, ni el último ni el primero.

—Rebeca…

—Que sí, que lo he entendido. Que esto se ha terminado. Pues nada, un placer Sofía. No sé que decir. No me esperaba este final, pero si es lo que tú quieres, adelante. Te agradezco que al menos hayas sido sincera conmigo. —Rebeca se levantó como si el cuerpo le pesase una tonelada, se acercó a Sofía para darle un suave beso en la mejilla y se marchó por la puerta sin esperanzas de que Sofía la retuviese para decirle que se había equivocado y que quizás debían seguir luchando.

 

A pesar de haber sido ella quien tomase aquella decisión tan drástica, Sofía no podía dejar de llorar. Lo había hecho. Se sentía peor que mal, fatal y horrible mezclados en un coctel molotov. No podía creerse que se hubiese cargado una relación de seis años en seis minutos. El tiempo en aquel instante no había importado demasiado. En realidad las dos sabían que si seguían en aquel plan acabarían haciéndose mucho daño. Sin embargo, no podía dejar de pensar en la frialdad de las mañanas, donde no habría más besos ni caricias de despedida. En las cenas en soledad con la voz del telediario como única compañía, o los buenas noches inexistentes en el vacío de aquella habitación sin apenas decoración. Por no hablar de los sábados aburridos en el sofá o los domingos de melancolía con la manta y la misma película de sobremesa que había visto mil veces. No tendría su risa, ni su olor, ni sus zapatos desordenados en la entrada. Ya no habría pelos morenos en el baño, ni el tubo de la pasta abierta. Ya no habría motivos para tomarse una botella de vino juntas o comerse a besos después de un día espantoso. Se había terminado. ¿Cómo podía pensar en todo lo bonito con ella sabiendo que aquella decisión era lo mejor para las dos? Porque muchas veces esas pequeñas bocanadas de algo feliz nos hacen terriblemente insaciables ante la felicidad. Sofía se sintió devastada. Derrumbada en un mar de lágrimas. Aquella tarde no tuvo fuerzas para llamar a nadie, ni al día siguiente, ni al día siguiente. Tuvieron que pasar 10 días, en el último del año para que la llamada de Alejandra obtuviese una respuesta de su afligida voz.

—¿Qué has hecho qué?¿Estás loca?—preguntó Alejandra.

—Pues no lo sé. Quizás sí.

—Bueno…a ver, ¿estás bien?

—Pues no, estoy jodida. Aunque en el fondo se que esto es lo mejor.

—Ya está. Te duchas, te pones algo decente y vienes hasta mi casa. Nosotras te alegramos. Te he comprado unas cuentas botellas de ese vino que tanto te gusta.

—Alejandra, no tengo ganas de nada.

—Sí las tienes.  Venga, no acepto un no por respuesta.

—Joder. —Sofía había estado tan sumida en su mundo que ni siquiera había sido consciente de que seguía con la cartera de aquella desconocida—. ¡Qué no tengo dinero ni para un taxi!

—¿Cómo? Tía, ¿no has cobrado la extraordinaria este mes o qué?¿Tan mal está la educación?

—¡Qué no es eso! El día que fuimos a comer, me choqué con una tía y nos cambiamos la cartera.

—¿Cómo?¿Teníais la misma cartera?

—Sí, algo muy raro. Bueno, y por culpa de los ojos de aquella tía, pues me lancé a hacer lo que hice —soltó a bocajarro.

—¿Cómo? Mira Sofía, no sé que te pasa, pero estas navidades estás haciendo cosas rarísimas. Ponte algo ya, vente a casa y me cuentas todo despacio. Cuando estés abajo, avísame que bajo a pagar el taxi.

—Ays, ¿qué haría sin ti?

—Y tráete la cartera de esa chica. A ver si adivinamos algo. Contenta tiene que estar si llevas casi 10 días con ella sin decirle nada.

Pero antes de que Sofía pudiese contestar algo, Alejandra ya había colgado. Era verdad. Aquella chica debía pensar que era idiota. A ver como le explicaba que sabía desde el minuto uno que la tenía y no se la había devuelto. Seguro que la chica aquella habría ido a la policía mientras que ella seguía con sus tarjetas, su dinero…Sofía se lanzó a por su bolso en busca de ella. Con unos nervios indescriptibles comenzó a abrirla, sabiendo que aquello era una violación de su intimidad, pero en realidad era el único modo de poder averiguar algo de aquella chica y hacerle llegar su monedero.  Rápidamente divisó la entrada al museo Moma de Berlín, un ticket de haber comprado unas entradas de teatro y la entrada de un concierto que había tenido lugar la semana anterior en un pequeño bar no muy lejos de donde Sofía vivía y solía ir. Nunca se la había encontrado. Estaba segura porque hubiese sido imposible olvidar aquellos ojos. Por un segundo, sintió una terrible atracción por aquella chica de la que apenas sabía nada y de quien deseaba conocerlo todo. Sus tres grandes pasiones reflejadas en los tres trozos de papel que Paloma guardaba en su cartera. Era imposible que pudiesen gustarle aquellas cosas con tanta intensidad como a ella. Siguió buscando y por fin dio con una pista que podría acercarle a ella.

—Paloma González. Dentista. —Y debajo de aquel bonito apellido un número de teléfono. Sofía llamó al taxi, guardó ropa, zapatos y maquillaje en una mochila, se calzó sus deportivas y se encaminó a casa de Alejandra.

—Llama. Deja de darle vueltas a la tarjetita y llama ya. —Amenazó Alejandra con un cuchillo mientras partía jamón para aquella noche.

—No pienso llamar. ¿Y qué digo? Oye, que después de 10 días me he dado cuenta de que tenía tu cartera. Soy una lentita que en todos estos días no me había dado cuenta. Como ves, no solo choco con la gente por la calle, si no que además me quedo con sus carteras.

—Dile que tienes dos carteras y que en la otra es donde guardas el dinero. Que ha coincidido que en toda la semana no has necesitado ni la tarjeta de crédito ni el dni. Y que además has estado con un virus en la cama, por lo que no has salido ni usado el bolso en estos días. Cuando vea la cara que se te ha quedado, se lo creerá.

—¿Me vea? Se lo mando por correo y listo.

—Sí hombre. Esto ha pasado por algo. Pregúntale si tiene planes para esta noche. Que venga a tomar algo y se la devuelves.

—Tú estás loca, ¿no?

—Bueno, pues nada. Se la mandas por correo. Te quedas con la curiosidad de conocer a esa chica que te ha encantado desde el minuto uno y que por una extraña razón te ha impulsado a dejar a tu novia de seis años, pero la loca soy yo.

—Vale, vale. Tienes razón, pero no creo que acepte, era muy borde.

—Tú díselo. Que decida ella lo que quiere, pero no le des la opción del correo. Si hoy no se acerca, quedáis para tomar un café otro día. O unos vinos… porque como no espabiles, me da a mí que lo del orgasmo se lo vas a tener que preguntar a la NASA a ver como es…

—¡Idiota!

—Venga, sube hasta la buhardilla y llama tranquilamente.

Un tono, dos tonos, tres tonos…El corazón de Sofía iba a salir disparado por su boca. No sabía qué iba a decir cuando…

—¿Sí?

—Hola, perdona, ¿Paloma?

—Sí, soy yo. Lamento decirte que hoy no atiendo a más pacientes. Es nochevieja y a las seis termino.

—No, mira. No te llamaba por tu consulta. ¿Tú has perdido una cartera? —Sofía se sentía idiota. Ni siquiera se había presentado, aunque dudaba que esa chica la recordase.

—Pues sí, hace unas semana choqué con una chica y debimos intercambiárnoslas. Mira que hay carteras en el mundo y… ¿Sofía?

—Sí, soy yo. —Sus mejillas se prendieron al segundo.

—Pero…¿Cómo has conseguido este número?¿Has ido a la policía?

—No, verás. Es que he visto que tenías una tarjeta dentro y al decirme que te llamabas Paloma pues intuí que fueses tú.

—¿Y has tardado una semana en intuir eso? —De nuevo la chica borde y huraña del primer momento.

—No. en realidad he estado enferma y no he cogido la cartera desde el día del choque. En cuanto me he dado cuenta de que no era la mía, me he puesto en contacto contigo. Disculpa que no lo haya hecho antes.

—No te preocupes. En realidad, yo he tenido una semana tan ocupada que ni siquiera he ido a la policía a dejar la tuya. Eso sí, estás pelada guapa. Ya podías haberme dejado algo, que no me dio ni para el autobús de vuelta a casa. —Las dos rieron. Paloma tenía un toque de humor especial, además de una voz terriblemente sexy.

—¿Y cuándo te la puedo dar? Estoy pensando, se me ocurre así de repente….

—Dime.

—¿Tienes planes para esta noche?

—¿Para hoy? Pues ceno en casa de mis padres. Después de las campanadas tenía pensando irme a casa. Este año no iba a salir.

—Vaya…Es que, una amiga da una fiesta en su casa. Si te corre mucha prisa, podías acercarte a tomar algo y bueno, te la puedo devolver. Si no te apetece, nada. Podemos vernos otro día.

—Me parece una buena idea.

—¿Cuál de las dos? —preguntó Sofía dubitativa.

—La de la fiesta…Si a ti te parece bien.

—Claro. Te mando la dirección por un mensaje.

—Genial. Ya me explicarás también si hay que ir vestida de algún modo en especial.

—Perfecto. Hasta la noche, Paloma.

—Hasta la noche, Sofía.

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