El orgasmo III (No es el final)

La cosa se ha alargado un poco más de la cuenta. Y como me encanta dejar las cosas a medias 🙂 Dejo el final para la noche. Ui, ui, ui, creo que me van a traer carbón por hacer estas cosas jajajaja 

Espero que os esté gustando. A mí Paloma y Sofía me están pareciendo una pareja muy especial. Creo que juntas harán cosas muy bonitas. Me temo que hay personas, como ellas, que cuando se conocen no saben vivir ya la una sin la otra.  

 

Eran las dos de la mañana y ni rastro de Paloma. Nada más colgar le había mandado un mensaje con la dirección,  explicándole que era una simple fiesta donde la gente iría algo más arreglada que de costumbre pero sin ser algo excesivo al ser una casa particular. Quería ponerle que no necesitaba impresionarla aunque sabía que lo haría. Se ciñó a poner un saludo y esperó a que los dos palitos se pusiesen verdes. No tardó en mandarle un entendido y un muñequito tirándole un beso. Sofía entendía que aquella noche Paloma aparecería por la fiesta para que pudiesen, en principio,  intercambiar sus monederos.

—Ni rastro, son las tres y no aparece.

—No seas impaciente. Lo bueno se hace esperar siempre. Seguro que la chica se ha retrasado un poco con la familia. Madrid está imposible ahora mismo. Todo el mundo está saliendo de casa. Habrá esperado un poco. Tómate otra y disfruta. Si no viene, mañana le deseas un feliz año e intentas quedar con ella.

—Claro —contestó Sofía pesarosa.

Sofía rellenó su copa. Empezaba a sentir la música recorriendo los poros de su piel, las notas colándose por debajo de su falda y el ambiente de alegría y celebración contagiando a su sonrisa. Cerró los ojos dejándose llevar por uno de los grandes éxitos del 2018. Recordaba escucharla con Rebeca en el coche de camino al pueblo. A ella le encantaba, Rebeca trataba de cambiarla continuamente. Sofía sonrió sabiendo que una de las decisiones más difíciles del año que acababa de dejar había sido la correcta. Hasta una simple canción se lo confirmaba. Dio un nuevo trago a su copa, notando que sería el último. No pasaba nada, había de sobra para rellenar. Aquella nueva copa de vino se presentaba como el nuevo año. Nuevo de oportunidades, de ocasiones y de momentos para humedecer sus labios con ilusión. Y por qué no, para estrellarlos contra los labios de….

—¿Paloma?

—Sí, soy amiga de Sofía….Bueno, amiga…—Sofía escuchó su voz cortando sus pensamientos. Inmediatamente abrió sus ojos y se encontró a una preciosa chica con un vestido verde esmeralda. Lo suficientemente ceñido como para saltar los puntos de sutura que aún sujetaban la poca cordura que le quedaba ante aquella mujer. Sofía se bloqueó al ver sus ojos, brillantes y ligeramente acentuados por un perfecto maquillaje. Los suyos se lanzaron a mirar sus labios y el bloqueó aumentó al ver el rosa que perfilaba aquellos preciosos pliegues de su cuerpo.

—Hey, Paloma. —Sofía escuchó su voz ligeramente tomada por el vino blanco que llevaba bebiendo toda la noche.

—Sofía, ¡feliz año nuevo! —Paloma se acercó a ella plantándole dos sonoros besos.

—¡Feliz año!

—¿Esta es la chica de la cartera? —preguntó Alejandra con una risita maliciosa mientras la recorría con la mirada para analizarla.

—Sí, esa soy yo. Tu amiga me ha dejado indocumentada. Menos mal que no tenía tarjetas porque viendo lo pelada que va siempre, me hubiese desfalcado.

—Bueno, os dejo que habléis. Ten cuidado con ella que está buscando alguien que le quite un pequeño problemilla.

—¿Cómo? —Sofía miró a Alejandra esperando que no dijese lo que creía que iba a decir, pero eran demasiados años y estaba convencida de que su amiga, con la naturalidad que le caracterizaba, lo haría.

—Nunca ha tenido un orgasmo —susurró al oído de Paloma, quien inmediatamente se ruborizó por lo que acababa de escuchar. Alejandra se perdió por el salón repleto de gente mientras Sofía prefirió no preguntar algo sabiendo ya la respuesta. Prefería gastar su saliva en otras cosas.

—¿Quieres una copa?

—Sí, me vendrá bien —aceptó Paloma

Sofía no recordaba muy bien si fue entre su copa número seis o siete cuando le confesó a Paloma que era lesbiana, que de su entorno apenas lo sabían cuatro personas y en su trabajo dos. Que siempre había llevado aquello muy en secreto, un secreto que a veces apretaba las cadenas tan fuerte que estas dejaban marcas en su cuerpo. Sintió como al pronunciar estas palabras las manos de Paloma sujetaron las suyas con fuerza. Quizás estuviese teniendo una nueva amiga a quien poder contar aquellas cosas con la facilidad de llevar una botella de vino blanco en el cuerpo. Confiaba en ella. Era imposible no hacerlo mirando a aquellos ojos. Nadie puede desconfiar de aquella mirada clara y cristalina donde podía ver el fondo para tocarlo con sus pies descalzos. Nunca había confiado en aquellos sitios donde no hacía pie. Todo lo que salía de su control, la trastornaba. Y no supo si había sido que las copas de Paloma estaban cargadas de más, pero sus bonitos labios rosas se dispararon a hablar con la prisa de las aguas del deshielo que corren por las montañas en primavera. Paloma y su abierta homosexualidad. Su salida del armario, sus relaciones, sus novias… Por un momento creyó que eran iguales salvando aquella distancia de cuatro paredes que separaba la libertad de los sueños. Paloma se acercó a sus labios, tratando de explicarle su pasado de una forma distinta, pero la música se paró y todo el mundo gritó en protesta. Eran las nueva de la mañana. Había pasado toda la noche hablando en aquel viejo sofá, apartadas de todos. Habían sido incapaz de dejar de hablar. El pasado se había mezclado con el presente para crear un posible futuro entre dos personas que al cruzarse habían chocado con violencia. La magia de una película de Disney, donde la medianoche había anunciado que aquello se había terminado. Sofía deseaba perder su zapato para que Paloma lo encontrase y así poderse ir con ella muy lejos, pero en la vida real los cuentos no existen y la apresurada marcha de la gente, las invitaba a irse con ellos. Ya no sentía el  fluir de los efectos del alcohol desde hacía horas. Tan interesantes habían sido las conversaciones, que ni siquiera había necesitado alimentar su cuerpo para despojarse de la vergüenza. Con Paloma se sentía a gusto, feliz, sin prisa. Sin embargo, no tenía la excusa de las copas de más para invitarla a su casa a seguir hablando.

—Bueno, será mejor que me vaya. Me lo he pasado genial. Muchas gracias por invitarme. —Paloma se levantó del sofá, depositando dos suaves besos sobre las mejillas de Sofía—. ¡Ay, casi se me olvida! ¡Tu cartera! —Sofía se acordaba perfectamente de ella, pero quería tener una nueva excusa para verla otro día, o mejor, aquella misma tarde. Pensó en decirle que la suya se la había dejado en casa con las prisas, pero ya había sido demasiado idiota.

—Sí, yo también tengo aquí la tuya. —Las carteras cambiaron de dueña. Un simple objeto las había acercado tanto. Ni todo el dinero que ellas pudiesen custodiar equivalía al valor del sentimiento que se había invertido aquella noche.

—Algún día podíamos tomar un café, ¿no? Si te apetece, claro.

—Sí. Claro que me apetece.

—Pues nos escribimos, ¿vale?

—Sí. Me parece una buena idea. —Se volvieron a despedir con dos besos algo más largos, a la espera de que la cantidad de estos disminuyesen en uno y la longitud aumentase a horas.

***

La resaca del 1 de enero era palpable. Sofía había pasado toda la mañana en la cama sin apenas dormir. Solo podía pensar en Paloma. En la conversaciones donde de lo más simple habían pasado a lo más complejo, o al revés. Era imposible que en tan poco tiempo hubiese removido tanto dentro de ella. Pensó que era el cansancio, o que quizás se estaba volviendo loca. Igual el amor es esto. Volverse tan jodidamente loco que no haya palabras para describirlo. Salvo esas mismas, las de la irracionalidad. Había revisado su móvil un millón de veces. Tan solo Bea había puesto una carita vomitando a lo que Alejandra había contestado que no le extrañaba viendo que no había sobrevivido de una botella de ron. Finalmente, las chicas se animaron sobre las diez de la noche para hacer una radiografía completa de aquella noche. Quedaban tantos huecos por rellenar que Alejandra propuso una quedada extraordinaria para desayunar aquel viernes. Todas aceptaron. Sofía estaba feliz por ello. Sin embargo, necesitaba saber de Paloma y no se atrevía a escribir. Abrió su conversación y al ver que estaba en línea hizo que su corazón se saltase un latido. De pronto “escribiendo”. Cerró la conversación esperando su mensaje. pero tras pasar varios minutos, no había llegado nada. Volvió a meterse  en la conversación. Paloma se había desconectado sin decir nada. Sofía posó el móvil en la mesita y esperó a quedarse dormida. No sabría nada de ella en los siguientes días.

—¿Y no la besaste?—preguntó Carmen.

—¿Cómo la voy a besar?¿Con toda la gente que había?¿Tú estás loca?

—Joder con la gente, Sofía. ¿Algún día dejarán de importarte?

—Pues no lo tengo claro.

—Llámala ahora mismo y queda con ella —invitó Bea.

—No, no. Será mejor que me olvide de ella. Esta fuera del armario, su vida es totalmente distinta a la mía. No soportaríamos una relación así.

—¿Tú estás tonta?¿Qué más da el armario?¿Tú sabes lo difícil que es encontrar una persona con la que se conecte tan bien como habéis hecho vosotras? Quizás nunca más nadie te vuelva a hacer sentir esto. Y si la dejas escapar, te vas a arrepentir.

—Ya. No me agobiéis.

—Dejadla, que se tome unos días y vea todo con más calma. Si finalmente se lanza, que lo haga porque esta segura de ello. Anda, cómete una peladilla que están muy buenas. —Carmen le pasó la bolsa. Sofía mordió con ganas,  sintiendo un dolor muy fuerte al instante.

—¡Ay! ¡Qué dolor! —Alejandra estalló de risa ante la atónita mirada de todas.

—Creo que deberías ir al dentista. Es urgente. Si lo sé antes, te meto la bolsa de peladillas en la boca nada más llegar. —Sus amigas rieron ante la cara de dolor de Sofía donde se dibujó una sonrisa de esperanza.

***

—Muchas gracias, Paloma. No sé que habría hecho sin tu ayuda. Con todas las fiestas y siendo viernes, no sé donde hubiese encontrado una dentista hoy.

—No pasa nada. Has tenido suerte. Aunque bueno, si no te hubiese cogido fuera de horario.

—Eres un amor. —Sofía se arrepintió de aquella palabra tan cursi, pero Paloma se rio con mucha gracia—. ¿Cuánto te debo? —Sofía cambió de tercio, acercándose con su cartera a Paloma y sacando su tarjeta de crédito.

—Me temo que tenemos un problema.

—¿Qué pasa?

—Pues que el datáfono hoy no funciona, y sabiendo tus antecedentes… Tú el dinero en efectivo no sabes lo que es, ¿no? —rio Paloma.

—No. Casi nunca llevo en efectivo. —Las mejillas de Sofía se encendieron—. No pasa nada, bajo al cajero y subo. Son dos minutos.

—Se me ocurre algo mejor.

—Dime.

—Me invitas a cenar mañana por la noche y deuda saldada.

—¿A cenar? —preguntó Sofía sorprendida.

—Bueno, si prefieres lo del cajero…—Paloma dudó si su propuesta la hubiese incomodado.

—Me parece una idea fantástica. ¡Me encanta! He quedado en llevar a mi sobrino a la cabalgata y creo que antes de las diez será imposible. A menos que nos quieras acompañar, lo dejo en su casa y nos vamos a cenar.

—¿Sí? Hace muchos años que no veo una, será divertido.

—Claro. Ven con nosotros.

Y así, Paloma y Sofía concertaron una cita para el día siguiente, donde la noche más mágica de todas a veces trae cosas imposibles de conseguir durante el resto del año.

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